A media hora de la entrega del cadáver de Michael Jackson vienen a mi una serie de temas posibles para escribir algún relato, una croniquilla citadina al menos, pretendiendo dar cuenta de cómo estas calles y estas gentes tienen tanto de fantástico como de irreal.
Pienso con frecuencia en los versos de Fayad Jamis que se refieren a una abuela que salta de alegría porque le han dado una receta para fritar sesos o porque le explican las maravillas de la cibernética y las ventajas en la era de la informática, con Internet a bordo.
Pienso cómo hacer unos versos libres sobre el que me pisa el volado del zapato casi nuevo en el autobús articulado y no le importa, o sobre cómo – considero – he sido un músico de blues sin mayores pretensiones pero con el alma alborozada, parecido en ese sentido a Charles Mingus y de cómo es que tampoco pude ganarme la vida como tal, a pesar de los esfuerzos ingentes durante la década pasada. Pero la pasé de lujo.
El asunto es que voy y vengo sumido en estos pensamientos y en la mitad del ir y del venir hasta un conocido sector de bares exclusivos y excluyentes, sucede que hay alguien que sin pensarlo me ha llenado la cabeza de otras cavilaciones, pero no imagino cómo y por qué, siendo alguien tan ocupado, hace estas concesiones conmigo e incluso con los que venían en la fila después de mi.
El personaje me habla de lo difíciles que son los escritores, pero sin usar nunca esas palabras, a pesar de ser esa la intención de los comentarios que provienen de su boca a borbotones. El hombre en cuestión es un editor argentino de visita en Colombia y su equipo está compuesto básicamente por un comunista de extrema que funge de corrector a sus ochenta y tantos años con la brillantez de un recién graduado; un escritor fantasma de apellido Lagos, perdidamente alcohólico pero magnífico en discurso y una abuela díscola que solía escribirle exquisitos parlamentos al ex presidente Menem.
Me presenté casi con ningún texto, excepto la reciente edición de una revista local en la que pusieron textos míos y de los ‘Negacionistas’. Al editor le gusta la publicación, pues le parece cuidada y añade que no existe una revista así en Argentina. Me habla entonces del escritor que murió en la isla del tigre, resistiendo a ser publicado o del pirata de caminos que empezó a entregarles manuscritos, hasta hacerse un escritor desconcertante. Y bien vendido. Lástima cayó de un camión que pretendía asaltar, recientemente.
Hay asuntos que superan la literatura. Y este país está lleno de eso, aún sin la abyección a la cual se someten algunos que aspiran a convertirse en mártires famosos en ese mundo de por si lleno de desdenes.
No creo que haya necesidad de beber hasta la adicción (hasta una anhelada edición) para hacer salir de lo más recóndito de sí mismo, una que otra figura, alguna historia que sorprenda al pretendido público en espera.
Sigo creyendo en otras búsquedas posibles y no en la epicúrea resolución de atormentar el espíritu a través de sucedáneos. Mientras redacto esta nota repentista, veo de reojo el canal CNN en directo desde Los Angeles. Una chica colombiana le responde en buen inglés al reportero: “Michael is an Icon”. Son las 16:08. En breve entregarán el cadáver del hombre de calzones ‘marraneros’ que algunos imitamos durante el final de los ochenta. Eso es triste. Lo otro también. Al editor le interesan mis textos, mis propuestas…las ideas que divagan por el aire, mientras viajo en un articulado por esta ciudad de proxenetas y ancianos con mañas de pedófilo, ancianas sorprendidas con la malla vial y campesinos de zapatos completamente dorados por abonos químicos y el penetrante frío del altiplano.
viernes
martes
Preparativos de Una Boda (Uno)
Sueño uno.
Para hablar de ti, o mejor aún, para hablar de los dos, ahora que ya casi somos uno por la bendición de Dios debería referirme a aquel una y mil veces repetido lenguaje de los sueños.
¿Cuántas veces nos habíamos soñado antes? Tu y yo, en acantilados, en ánfora de ruidos inconexos (¿cómo es que suena el ruido en la impalpable pesadilla?) o al otro lado de la orilla que comienza en el párpado del sueño profundo.
No pisamos antes el suelo de las primaveras, íbamos de duermevela entre jardines macerados por el paso de las tropas, entre camino de zarzas consumadas o acaso en la profunda revelación de las voces que secretas se revelaban en el agua.
Buscábamos ignotas praderas o el espeso lugar de la palabra para que se hiciera una vez más la magia, para que se abrieran de una vez todas las puertas, el sésamo ignorante que no sabe porque vive delante de brillantes piedras pero que estaba reservado para ambos, al contacto almibarado de las voces juntas.
Íbamos tentando la cuesta del territorio hostil, las extensas líneas de un cerco de púas que nos guiaba de retorno siempre a la misma parte, girando en inútiles círculos de inquietante retorno bajo la inquietante mirada del que nos sabía extraviados.
Éramos hombre y mujer y mirábamos con extrañeza el rostro de los césares en la moneda de turno, la zarpa del tigre o su huella de arena y en desiertos dábamos tumbos entre espejismos y trasuntos que apenas eran reflejos pálidos del mundo.
Antes de conocernos, todo fue errancia, caída múltiple al vacío, un acto diario de riesgo, el flotante acto del malabarista. Concentrados en cosas y causas casi siempre inútiles ocupábamos el tiempo de los sueños en cultivos que no germinaban y cuando lo hacían eran infértiles semillas y lánguidos sembradíos, cuando el territorio vasto de los sueños lo hizo Dios desde la altura del tiempo para que reposaran los justos, las semillas de los otros sueños y la tranquilidad de una cosecha inacabable.
Debimos haber conocido los secretos de Alejandro de Macedonia, de la irresistible Circe, del comercio por la ruta inacabable de la Seda…todo aquello que el mundo antiguo debió poner a nuestros pies pero que quizá desdeñamos por andar a tientas, vagando en extramuros para por fin, encontrarnos los dos.
También ahora iremos en un sueño. No deberíamos soltar jamás esa carnada. La mordida con la que queremos aprehender el amor y su profunda raíz es la alta meta como la de aquel pueblo que presiente que siempre hay otro superior, más soberano al estilo de los griegos sospechando un mundo mejor en el misterioso Egipto.
Ahora somos un pueblo fundador. Donde pisemos se fundará el amor y habrá lugar para esperanzas, para sueños, otra vez lugar para el error y también para la enmienda, pero es mejor ir acompañado para que haga contrapeso la cuerda sobre el vacío, la caída inefable en el rojo acantilado.
Mundos diferentes que se estancan en la extática mirada que conduce al Nirvana de los sexos. En amor como en literatura, no hay que perder jamás el rastro.
El acto de escribir es un acto de amor y de insistencia como una gotita cayendo en la frente del que sueña; es un asunto paciente, concentrado, equilibrado...no siempre premiado, muchas veces esforzado.
Te veo en mis sueños ahora que estoy tendido al lado tuyo. ¿Qué es lo que haces allí depositada como en la fronda del jardín de las Hespérides?
Para hablar de ti, o mejor aún, para hablar de los dos, ahora que ya casi somos uno por la bendición de Dios debería referirme a aquel una y mil veces repetido lenguaje de los sueños.
¿Cuántas veces nos habíamos soñado antes? Tu y yo, en acantilados, en ánfora de ruidos inconexos (¿cómo es que suena el ruido en la impalpable pesadilla?) o al otro lado de la orilla que comienza en el párpado del sueño profundo.
No pisamos antes el suelo de las primaveras, íbamos de duermevela entre jardines macerados por el paso de las tropas, entre camino de zarzas consumadas o acaso en la profunda revelación de las voces que secretas se revelaban en el agua.
Buscábamos ignotas praderas o el espeso lugar de la palabra para que se hiciera una vez más la magia, para que se abrieran de una vez todas las puertas, el sésamo ignorante que no sabe porque vive delante de brillantes piedras pero que estaba reservado para ambos, al contacto almibarado de las voces juntas.
Íbamos tentando la cuesta del territorio hostil, las extensas líneas de un cerco de púas que nos guiaba de retorno siempre a la misma parte, girando en inútiles círculos de inquietante retorno bajo la inquietante mirada del que nos sabía extraviados.
Éramos hombre y mujer y mirábamos con extrañeza el rostro de los césares en la moneda de turno, la zarpa del tigre o su huella de arena y en desiertos dábamos tumbos entre espejismos y trasuntos que apenas eran reflejos pálidos del mundo.
Antes de conocernos, todo fue errancia, caída múltiple al vacío, un acto diario de riesgo, el flotante acto del malabarista. Concentrados en cosas y causas casi siempre inútiles ocupábamos el tiempo de los sueños en cultivos que no germinaban y cuando lo hacían eran infértiles semillas y lánguidos sembradíos, cuando el territorio vasto de los sueños lo hizo Dios desde la altura del tiempo para que reposaran los justos, las semillas de los otros sueños y la tranquilidad de una cosecha inacabable.
Debimos haber conocido los secretos de Alejandro de Macedonia, de la irresistible Circe, del comercio por la ruta inacabable de la Seda…todo aquello que el mundo antiguo debió poner a nuestros pies pero que quizá desdeñamos por andar a tientas, vagando en extramuros para por fin, encontrarnos los dos.
También ahora iremos en un sueño. No deberíamos soltar jamás esa carnada. La mordida con la que queremos aprehender el amor y su profunda raíz es la alta meta como la de aquel pueblo que presiente que siempre hay otro superior, más soberano al estilo de los griegos sospechando un mundo mejor en el misterioso Egipto.
Ahora somos un pueblo fundador. Donde pisemos se fundará el amor y habrá lugar para esperanzas, para sueños, otra vez lugar para el error y también para la enmienda, pero es mejor ir acompañado para que haga contrapeso la cuerda sobre el vacío, la caída inefable en el rojo acantilado.
Mundos diferentes que se estancan en la extática mirada que conduce al Nirvana de los sexos. En amor como en literatura, no hay que perder jamás el rastro.
El acto de escribir es un acto de amor y de insistencia como una gotita cayendo en la frente del que sueña; es un asunto paciente, concentrado, equilibrado...no siempre premiado, muchas veces esforzado.
Te veo en mis sueños ahora que estoy tendido al lado tuyo. ¿Qué es lo que haces allí depositada como en la fronda del jardín de las Hespérides?
sábado
OTRA CARA DE FACE, CON RETIRO VOLUNTARIO
Veo que uno se da cuenta hoy día a qué velocidad transcurre el tiempo, cuando olvida revisar su buzón en FACEBOOK y sucede que se ha llenado de información inútil muchas veces u otra de la cual uno simplemente no quisiera saber nada o aborrece que suceda, que han muerto conocidos (como Sául, el "disquero" de Musiteca)o que las bandas de siempre han envejecido como todos nosotros, pero que incluso (como "Los Swingers") son mejores que antes, en mejores formatos, con hijos a bordo, después de tormentas e inaplazables viajes.
FACEBOOK es una medida de tiempo. La posibilidad de volver sobre el pasado, ver cómo es que cambian las cosas, reflexionar de cómo sin duda es este un siniestro dispositivo de captura o de la manera en que inevitablemente, ya no volveremos a ser nunca los de antes.
Colgar fotos en FACEBOOK es un acto perenne. Uno podría pensar que se trata de algo heróico, que lo acerca con la inmortalidad. Pero no es cierto. Lo hace circular en un estado de inmoralidad más bien y la exposición de sus miserias o de los actos que pretende humanos, se vuelven un asunto despreciable, que a nadie le interesa. Pero no importa. Como sea, resulta divertido. Poco o nada nos compete aquello de cómo es que nos cifran la vida de otros modos, más allá de impuestos, los servicios por pagar, las cuentas crediticias y otros menesteres apremiantes, sin descontar que no son modelos de vida los que ponen esos oscuros señores en la televisión para hacer creer al pueblo que es de ése modo propuesto por esbozos (o por capítulos diarios) como florece el transcurso existencial.
La vida misma puede cifrarse en la vitrina insoslayable del FACEBOOK. Así no perderemos de vista a los amigos, a los que no lo son o a los que dejaron de serlo, a los que quieren que seamos amigos suyos y a los que quisiéramos alguna vez tener cerca de piel y hueso, como aquella novia del pasado que le dice a uno que estuvo sola y le inquieta porqué no hubo antes ni tan solo una llamada.¡Posibilidad inefable de lo imposible!
Como sea, le apostamos aunque sea unos minutos, a esa ventanita que mira de frente a "La Dimensión Desconocida". ¿Recuerdan el "toner" de presentación de la versión ahora clásica de ésa reconocida serie de televisión? Flotaban cosas sueltas por el indefinido espacio interior de los televidentes,como en una suerte de poema borgiano en donde: "...copas, clavos, te sirven como tácitos esclavos" para redondear luego que estas mismas cosas que divagan en órbita imposible alrededor nuestro "no sabrán nunca que nos hemos ido". Por supuesto, sólo ello nos sobrevive.
Los objetos nos sobreviven. Van más allá de nuestra muerte, para hablar de nosotros y de lo que éramos, del prurito y del maremagnum que acaso recorrió nuestra ira y nuestra horrible soledad, o como en las tardes cuando éramos infantes, solíamos tirarle piedrecillas al río, oteando cadáveres y siembras que bajaban dos veces por el mismo caudal.
Será que el río es siempre el mismo o será que como de costumbre el río horada la pesada piedra que somos y que acaso los días nos moldean a su gusto y acomodo y que nunca somos iguales, sino "variables y ondeables", embarcaciones a la deriva, como un simple madero que se arroja al mar y nadie da cuenta de su curso.
Quien pone su nombre en FACEBOOK, arroja una botella de náufrago en un mar de incertidumbre...a expensas de que algo o alguien lo descubra entre millones y millones de botellas más, para que algo ocurra como un milagro o una escena de cinematógrafo. Pero es en vano. Pasa como en un poema de Luis Vidales donde las partículas observan al científico a través de un microscópio, y no al revés, quien se acerque al FACE para un contacto P2P, se vuelve una astilla insoportable - entre miles - que molesta en la córnea infinita de un tenebroso panóptico.
Nada de esto me interesa en realidad. La mañana se levanta con pájaros de diverso trino, hay un lago a pocos metros de aquí,desde donde escribo esta divagación, y es la distancia de las obras malogradas y de muchos errores, lo que me alegra del día. Es hermoso este retiro.
Transcurre a increible y vertiginosa velocidad la estridente existencia. No tenemos tiempo para verlo. Hay una boda de cielo y de infierno...lo que coseches hoy, lo comerán los otros.
FACEBOOK es una medida de tiempo. La posibilidad de volver sobre el pasado, ver cómo es que cambian las cosas, reflexionar de cómo sin duda es este un siniestro dispositivo de captura o de la manera en que inevitablemente, ya no volveremos a ser nunca los de antes.
Colgar fotos en FACEBOOK es un acto perenne. Uno podría pensar que se trata de algo heróico, que lo acerca con la inmortalidad. Pero no es cierto. Lo hace circular en un estado de inmoralidad más bien y la exposición de sus miserias o de los actos que pretende humanos, se vuelven un asunto despreciable, que a nadie le interesa. Pero no importa. Como sea, resulta divertido. Poco o nada nos compete aquello de cómo es que nos cifran la vida de otros modos, más allá de impuestos, los servicios por pagar, las cuentas crediticias y otros menesteres apremiantes, sin descontar que no son modelos de vida los que ponen esos oscuros señores en la televisión para hacer creer al pueblo que es de ése modo propuesto por esbozos (o por capítulos diarios) como florece el transcurso existencial.
La vida misma puede cifrarse en la vitrina insoslayable del FACEBOOK. Así no perderemos de vista a los amigos, a los que no lo son o a los que dejaron de serlo, a los que quieren que seamos amigos suyos y a los que quisiéramos alguna vez tener cerca de piel y hueso, como aquella novia del pasado que le dice a uno que estuvo sola y le inquieta porqué no hubo antes ni tan solo una llamada.¡Posibilidad inefable de lo imposible!
Como sea, le apostamos aunque sea unos minutos, a esa ventanita que mira de frente a "La Dimensión Desconocida". ¿Recuerdan el "toner" de presentación de la versión ahora clásica de ésa reconocida serie de televisión? Flotaban cosas sueltas por el indefinido espacio interior de los televidentes,como en una suerte de poema borgiano en donde: "...copas, clavos, te sirven como tácitos esclavos" para redondear luego que estas mismas cosas que divagan en órbita imposible alrededor nuestro "no sabrán nunca que nos hemos ido". Por supuesto, sólo ello nos sobrevive.
Los objetos nos sobreviven. Van más allá de nuestra muerte, para hablar de nosotros y de lo que éramos, del prurito y del maremagnum que acaso recorrió nuestra ira y nuestra horrible soledad, o como en las tardes cuando éramos infantes, solíamos tirarle piedrecillas al río, oteando cadáveres y siembras que bajaban dos veces por el mismo caudal.
Será que el río es siempre el mismo o será que como de costumbre el río horada la pesada piedra que somos y que acaso los días nos moldean a su gusto y acomodo y que nunca somos iguales, sino "variables y ondeables", embarcaciones a la deriva, como un simple madero que se arroja al mar y nadie da cuenta de su curso.
Quien pone su nombre en FACEBOOK, arroja una botella de náufrago en un mar de incertidumbre...a expensas de que algo o alguien lo descubra entre millones y millones de botellas más, para que algo ocurra como un milagro o una escena de cinematógrafo. Pero es en vano. Pasa como en un poema de Luis Vidales donde las partículas observan al científico a través de un microscópio, y no al revés, quien se acerque al FACE para un contacto P2P, se vuelve una astilla insoportable - entre miles - que molesta en la córnea infinita de un tenebroso panóptico.
Nada de esto me interesa en realidad. La mañana se levanta con pájaros de diverso trino, hay un lago a pocos metros de aquí,desde donde escribo esta divagación, y es la distancia de las obras malogradas y de muchos errores, lo que me alegra del día. Es hermoso este retiro.
Transcurre a increible y vertiginosa velocidad la estridente existencia. No tenemos tiempo para verlo. Hay una boda de cielo y de infierno...lo que coseches hoy, lo comerán los otros.
jueves
miércoles
Cróniquilla con seres fantásticos
La lluvia de diciembre es sencillamente providencial. No llueven gatos ni perros, pero es esencial su aroma y el matiz que toma: es una lluvia metafísica, mística y lustrosa, diamantina, brillante y esotérica. Porque la Navidad es preternatural. Nos llegan avisos de otros mundos y otras épocas. Y si alguien no cree en Santa Claus, le queda Papá Noel, la recua de renos ebrios de alegría, el árbol plástico que debe ser para la eternidad, las parlantes luces eléctricas, las aceras pintadas de dos tonos en los barrios de extramuros, los enanos parlanchines que reparan juguetes, el sátrapa Herodes, las llantas quemadas pestilentes, el coro de niños que cantan en la Iglesia o el Ascendido Maestro Jesús, en formato de bebé perseguido por soldados centuriones.
Creo firmemente en ellos y en las ondinas que bajan a cubrirlo todo en esta época, aún en este paréntesis del trópico, y aunque otros calendarios apuntan a que sólo es una época simbólica y que no concuerda con la venida de este lider mundial, parece que fuera cierta esta fecha memorable que en efecto muchos confunden con la oleada frustante para entregar y recibir regalos comprados en las tiendas de la industria inmaterial.
Pero suceden inenarrables cosas en este período. Acontecimientos propios de los detectives de submundos y otraspartes que parece que sólo atañen a los escritores de historias navideñas, a los poetas, a los locos y a los nenúfares que se percatan de estos innaturales movimientos sobre las aguas quietas del estanque.
Créanlo o no, es tiempo de visitas metafísicas, tiempo en que los elementales, por alguna razón que no conozco a fondo, tienen un movimiento diferente al cual les atañe con frecuencia y la vida entonces, se altera en sobresalto.
Viendo la lluvia providencial que les narraba, cayendo sobre árboles plateados o violáceos, a la entrada de un centro comercial del norte de la ciudad, me vi de pronto rodeado por gentes anormales, alucinantes y sacadas de un cuento navideño, con la salvedad de que era ése justamente mi último día de trabajo asalariado en el año, que había comido bien, que estaba tranquilo, que me había tomado una tacita de café expreso y que había recibido la visita de los besos de “la que más ama”.
Entonces miré a mí alrededor, pero ninguno de los presentes ante el espectáculo inusual parecía deleitarle el espectáculo celestial. Más bien estaban concentrados en sus cuentas, en su tarjetas débito y crédito, en las compras desmedidas con las que resarcen de ocasión las faltas, pero a quienes no debo señalar –por su natural concentración – es a los seres de otras esferas que se concentraron en jugar a palmas, a rondas, a adivinanzas tal vez y con abrazos volvieron la escena, un diorama navideño que no voy a olvidar jamás y que por ello quiero compartir con ustedes.
Digan que estoy animado por otras influencias, que me cayó mal el whiskey navideño de brindar (del cual hasta ahora no he probado ni una gota), que las galletas navideñas no pegan con camembert ni se pasan con cabernet chileno o que siempre me pasan estas cosas…justo antes de entregarles mi crónica de ocasión. (Que acaso lo invento todo, pero no es así).
En la ventana frente a la rotonda de entrada de la mezquita capitalista, un alargado, muy flaco duende de alargadas orejas daba palmas con una niña pequeña de unos ocho años. De entre su enredado pelo rojizo, apenas sobresalían impávidas las orejas ovales que caracterizan a los seres de submundo. Me parecía verle sus zapatos con arabesco, de larga punta enrrollada sobre si, rojos, o la trusa verde de saltar cómodamente para hacer vibrar campanillas y sonajas. A mi lado estaba un bulldog de Nogal, hermético hombre de nieve con pelo aderezado de harina de costal, sujeto a un perro blanco también como la nieve que casi nunca vemos, pero que ese día vimos en forma de terribles cristales que amenazaron con romper persianas y vitrales, pero este era un bull terrier manso que no jalaría ni un trineo de juguete, cuidando a un hombre regordete, hecho de almidón, malgenio y nieve macerada. Se guarecían.
La lluvia no cesaba, pero el ambiente era vibrante. Mas bien parecía animarse y el color violeta de los árboles hacía resplandecer nuestros rostros. Nadie vio conmigo exactamente lo mismo que yo veía…pero en realidad les sorprendió a mis compañías, la rara cara de los personajes, ese aspecto trashumante, venido de las laderas de lo ignoto.
Entonces estaba la zona despejada.
Lo del hombre azul fue otro asunto, también ocurrido en estos días prenavideños. Más que azul, era tornasolado; más que tornasolado, un carbón frío, azul grisáceo, negro finito…un labriego indígena en la vidriera de las plumas Parker, iridiscente, de colores magros cambiante, de frente humilde, de rasgos recios, de manos maceradas a través de azadón y de machete, continuamente usados en las 24 horas de la cosecha. ¿Un ser de otro mundo? Sí, de las praderas campesinas, otro desplazado en el mundo de gigantes, otro eslabón venido de la Atlántida.
Pienso en aquiescencias, en transparencias, en inquietudes anteriores en este mismo plano de existencia y quizá en pasadas vidas en las cuales cometimos otros errores que tratamos de resarcir en este palmo recorrido.
Recurro también a la tele navideña: un reducto interminable de duendecitos y santas gringos y ahí en ello incluso cierto augurio, ciertas intuiciones, algunas nostalgias, no muchas pistas, mas bien vagas ideas de lo que podría ser el otro mundo. Y ello me conforta.
Pero sí, de vez en vez, suelo ver duendes, hadas, hombrecillos regordetes de nieve, residentes de la Atlántida. Y no vienen por cable. Son protectores auténticos del reino iluminado, bellos testigos de otros mundos que a veces se traslapan en este, velas encendidas en medio de la oscuridad y la ventisca…elementales que trepan desde el vacío infinito, hasta risco rugoso de lo que algunos llaman presente, realidad y consistencia. No es nada más.
Creo firmemente en ellos y en las ondinas que bajan a cubrirlo todo en esta época, aún en este paréntesis del trópico, y aunque otros calendarios apuntan a que sólo es una época simbólica y que no concuerda con la venida de este lider mundial, parece que fuera cierta esta fecha memorable que en efecto muchos confunden con la oleada frustante para entregar y recibir regalos comprados en las tiendas de la industria inmaterial.
Pero suceden inenarrables cosas en este período. Acontecimientos propios de los detectives de submundos y otraspartes que parece que sólo atañen a los escritores de historias navideñas, a los poetas, a los locos y a los nenúfares que se percatan de estos innaturales movimientos sobre las aguas quietas del estanque.
Créanlo o no, es tiempo de visitas metafísicas, tiempo en que los elementales, por alguna razón que no conozco a fondo, tienen un movimiento diferente al cual les atañe con frecuencia y la vida entonces, se altera en sobresalto.
Viendo la lluvia providencial que les narraba, cayendo sobre árboles plateados o violáceos, a la entrada de un centro comercial del norte de la ciudad, me vi de pronto rodeado por gentes anormales, alucinantes y sacadas de un cuento navideño, con la salvedad de que era ése justamente mi último día de trabajo asalariado en el año, que había comido bien, que estaba tranquilo, que me había tomado una tacita de café expreso y que había recibido la visita de los besos de “la que más ama”.
Entonces miré a mí alrededor, pero ninguno de los presentes ante el espectáculo inusual parecía deleitarle el espectáculo celestial. Más bien estaban concentrados en sus cuentas, en su tarjetas débito y crédito, en las compras desmedidas con las que resarcen de ocasión las faltas, pero a quienes no debo señalar –por su natural concentración – es a los seres de otras esferas que se concentraron en jugar a palmas, a rondas, a adivinanzas tal vez y con abrazos volvieron la escena, un diorama navideño que no voy a olvidar jamás y que por ello quiero compartir con ustedes.
Digan que estoy animado por otras influencias, que me cayó mal el whiskey navideño de brindar (del cual hasta ahora no he probado ni una gota), que las galletas navideñas no pegan con camembert ni se pasan con cabernet chileno o que siempre me pasan estas cosas…justo antes de entregarles mi crónica de ocasión. (Que acaso lo invento todo, pero no es así).
En la ventana frente a la rotonda de entrada de la mezquita capitalista, un alargado, muy flaco duende de alargadas orejas daba palmas con una niña pequeña de unos ocho años. De entre su enredado pelo rojizo, apenas sobresalían impávidas las orejas ovales que caracterizan a los seres de submundo. Me parecía verle sus zapatos con arabesco, de larga punta enrrollada sobre si, rojos, o la trusa verde de saltar cómodamente para hacer vibrar campanillas y sonajas. A mi lado estaba un bulldog de Nogal, hermético hombre de nieve con pelo aderezado de harina de costal, sujeto a un perro blanco también como la nieve que casi nunca vemos, pero que ese día vimos en forma de terribles cristales que amenazaron con romper persianas y vitrales, pero este era un bull terrier manso que no jalaría ni un trineo de juguete, cuidando a un hombre regordete, hecho de almidón, malgenio y nieve macerada. Se guarecían.
La lluvia no cesaba, pero el ambiente era vibrante. Mas bien parecía animarse y el color violeta de los árboles hacía resplandecer nuestros rostros. Nadie vio conmigo exactamente lo mismo que yo veía…pero en realidad les sorprendió a mis compañías, la rara cara de los personajes, ese aspecto trashumante, venido de las laderas de lo ignoto.
Entonces estaba la zona despejada.
Lo del hombre azul fue otro asunto, también ocurrido en estos días prenavideños. Más que azul, era tornasolado; más que tornasolado, un carbón frío, azul grisáceo, negro finito…un labriego indígena en la vidriera de las plumas Parker, iridiscente, de colores magros cambiante, de frente humilde, de rasgos recios, de manos maceradas a través de azadón y de machete, continuamente usados en las 24 horas de la cosecha. ¿Un ser de otro mundo? Sí, de las praderas campesinas, otro desplazado en el mundo de gigantes, otro eslabón venido de la Atlántida.
Pienso en aquiescencias, en transparencias, en inquietudes anteriores en este mismo plano de existencia y quizá en pasadas vidas en las cuales cometimos otros errores que tratamos de resarcir en este palmo recorrido.
Recurro también a la tele navideña: un reducto interminable de duendecitos y santas gringos y ahí en ello incluso cierto augurio, ciertas intuiciones, algunas nostalgias, no muchas pistas, mas bien vagas ideas de lo que podría ser el otro mundo. Y ello me conforta.
Pero sí, de vez en vez, suelo ver duendes, hadas, hombrecillos regordetes de nieve, residentes de la Atlántida. Y no vienen por cable. Son protectores auténticos del reino iluminado, bellos testigos de otros mundos que a veces se traslapan en este, velas encendidas en medio de la oscuridad y la ventisca…elementales que trepan desde el vacío infinito, hasta risco rugoso de lo que algunos llaman presente, realidad y consistencia. No es nada más.
jueves
UNA INFINITA TRISTEZA
CONSUELO
Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa a dónde vaya en este roto tiempo. Ya no es mi amor: el que quiera puede hablarle. Ya no se acuerda: ¿quién en verdad le amó?
Mi amor busca su semejanza en la promesa de las miradas.
El espacio que recorre es mi fidelidad.
Dibuja la esperanza y en seguida la desprecia.
Prevalece sin tomar parte en ello.
Vivo en el fondo de él como un resto de felicidad.
Sin saberlo él, mi soledad es su tesoro.
Es el gran meridiano donde se inscribe su vuelo, mi libertad lo vacía.
Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa a dónde vaya en este roto tiempo. Ya no es mi amor: el que quiera puede hablarle. Ya no se acuerda:¿quién en verdad le amó y le ilumina de lejos
para que no caiga?
RENÉ CHAR
Nos enamoramos sin remedio siempre, de la persona equivocada. Quizá no de la equivocada tantas veces, como sí frecuentemente de la que no quiere nada con nosotros y hacemos una construcción inútil, tanto o más como un templo puesto en mitad de la nada, para rendirle culto a la amargura.
En la tarde, después de la nueva derrota, salgo a dar un paseo forzoso, un inevitable merodeo por una ciudad que cruza irascible como un tren de medianoche, llena de gemebundos y de desahuciados. Un tren de condenados, de suicidas, de proxenetas, de mujerzuelas, de sacerdotes totales y de hombrecitos con relojeras, con pipetas, con pitilleras damas engoladas, de gordos sonrientes, de enemigos y de todo el desencanto que apesta como una cloaca que hasta ahora toma aliento frente al sol helado de la sabana. Pero soy un perro atrapado en el semáforo.
Tiene uno ganas de salir a gritarle a los mecanismos del reloj en la vieja catedral, de patear a los mendigos que son la tripa del planeta, a dar hórridas carcajadas para empañar los espejuelos de Dios, pelearse con poetas, darle razón a los graffitis, a las sogas, a las cartas, al telégrafo, al badajo solo sin campana, al arte del barroco, a los benjamines y a los picaportes, a las rosetas, a los guarda escobas, a los boleros, a las espátulas del renacimiento y al jardín de desahuciados que toda la noche aúlla como una sirena de estación o enceguece como un faro inútil en la cima.
Toda la noche doy vueltas en la cama como un calamar ciego en busca del sueño de ultramar, pero es inútil pues me he extraviado de las corrientes que me llevaban a su amor, quedé ensartado entre las piedras levadizas, entre ronchas marinas que se explayan con puntiagudas escamas o adoquinado el camino con plántulas y fitoesperma imposible que hace chasquear la enredadera de los pies falsos y de las falsas manos mientras sea una flor o una diáspora de múltiples ventosas, caen al vacío.
Me ahogan la alucinación y el tedio entre las sábanas y aunque le busco en la arena de la noche plúmbea, los cielos han borrado los techos y las estrellas corrompieron el vino y las medusas que vibraban antes en el aire turbio de la noche oculta,se borraron por navajas sigilosas que trinan con el viento.
Es en amor todo muy triste cuando declinan las corolas sus rutilantes pliegues y sus únicas quietas destrezas descienden en el juego hipnótico de la quietud, cuando se desvía el curso de la luz sobre si mismo y un depósito de ruidos te lanza lejos con fuerza de silentes megatones.
Salgo a la ciudad para que me grite con luz quebrada, con húmedos chorros de rabia, para que estropee mis sentidos, para que yo mismo me pierda, para que ponga mi celada, mi cebo para engañar a los ratones del tímpano, mi grasa de hacer mas nubia la luna que expone las visceras de los augures, el hilo de pescar otras angustias, la cuchillada limpia de hacer parir otras mañanas, sin esperanza.
Me favorecen sombras aunque sea ahora yo mismo el Iluminado, el que sigue las intuiciones de la pócima, los olores del éter, la fresca inhalación de las esencias, pero me invita el desamor a desandar los pasos, a hacer preguntas en vuelo que generan relámpagos y trinos, pero he perdido fuerza aunque sean estos mismos puños los que golpeen el cielo y otra vez estos labios los que relatan en silencio la intrahistoria de la caída, del desapego, del desenfreno, de la renuncia.
RENÉ CHAR
Nos enamoramos sin remedio siempre, de la persona equivocada. Quizá no de la equivocada tantas veces, como sí frecuentemente de la que no quiere nada con nosotros y hacemos una construcción inútil, tanto o más como un templo puesto en mitad de la nada, para rendirle culto a la amargura.
En la tarde, después de la nueva derrota, salgo a dar un paseo forzoso, un inevitable merodeo por una ciudad que cruza irascible como un tren de medianoche, llena de gemebundos y de desahuciados. Un tren de condenados, de suicidas, de proxenetas, de mujerzuelas, de sacerdotes totales y de hombrecitos con relojeras, con pipetas, con pitilleras damas engoladas, de gordos sonrientes, de enemigos y de todo el desencanto que apesta como una cloaca que hasta ahora toma aliento frente al sol helado de la sabana. Pero soy un perro atrapado en el semáforo.
Tiene uno ganas de salir a gritarle a los mecanismos del reloj en la vieja catedral, de patear a los mendigos que son la tripa del planeta, a dar hórridas carcajadas para empañar los espejuelos de Dios, pelearse con poetas, darle razón a los graffitis, a las sogas, a las cartas, al telégrafo, al badajo solo sin campana, al arte del barroco, a los benjamines y a los picaportes, a las rosetas, a los guarda escobas, a los boleros, a las espátulas del renacimiento y al jardín de desahuciados que toda la noche aúlla como una sirena de estación o enceguece como un faro inútil en la cima.
Toda la noche doy vueltas en la cama como un calamar ciego en busca del sueño de ultramar, pero es inútil pues me he extraviado de las corrientes que me llevaban a su amor, quedé ensartado entre las piedras levadizas, entre ronchas marinas que se explayan con puntiagudas escamas o adoquinado el camino con plántulas y fitoesperma imposible que hace chasquear la enredadera de los pies falsos y de las falsas manos mientras sea una flor o una diáspora de múltiples ventosas, caen al vacío.
Me ahogan la alucinación y el tedio entre las sábanas y aunque le busco en la arena de la noche plúmbea, los cielos han borrado los techos y las estrellas corrompieron el vino y las medusas que vibraban antes en el aire turbio de la noche oculta,se borraron por navajas sigilosas que trinan con el viento.
Es en amor todo muy triste cuando declinan las corolas sus rutilantes pliegues y sus únicas quietas destrezas descienden en el juego hipnótico de la quietud, cuando se desvía el curso de la luz sobre si mismo y un depósito de ruidos te lanza lejos con fuerza de silentes megatones.
Salgo a la ciudad para que me grite con luz quebrada, con húmedos chorros de rabia, para que estropee mis sentidos, para que yo mismo me pierda, para que ponga mi celada, mi cebo para engañar a los ratones del tímpano, mi grasa de hacer mas nubia la luna que expone las visceras de los augures, el hilo de pescar otras angustias, la cuchillada limpia de hacer parir otras mañanas, sin esperanza.
Me favorecen sombras aunque sea ahora yo mismo el Iluminado, el que sigue las intuiciones de la pócima, los olores del éter, la fresca inhalación de las esencias, pero me invita el desamor a desandar los pasos, a hacer preguntas en vuelo que generan relámpagos y trinos, pero he perdido fuerza aunque sean estos mismos puños los que golpeen el cielo y otra vez estos labios los que relatan en silencio la intrahistoria de la caída, del desapego, del desenfreno, de la renuncia.
Mi amor es triste
Porque es fiel
No interpela el olvido de los demás
No cae de la boca como un diario del bolsillo
No es flexible en la angustia que en común se arremolina
No se aísla en las rompientes de la península simulando pesimismo
Mi amor es triste
Pues está en la naturaleza turbada del amor ser triste
Como la luz es triste
La dicha triste
No has pasado libertad tus correas de arena.
RENÉ CHAR
RENÉ CHAR
viernes
UN MONTÓN DE PELO


Por PABLO ESTRADA
Ocurrió en los días previos al concierto de Iron Maiden en Bogotá. Todo un acontecimiento, teniendo en cuenta la creciente fanaticada que la banda británica de heavy metal ha cosechado en nuestro país, así como el hecho de que el número de bandas extranjeras que nos visitan no es tan amplio como el público quisiera, debido a la amenaza que representa una nación famosa por su inseguridad democrática –esto es una democracia que se precia de ser una de las más consolidadas del continente y sin embargo presenta formas de violencia y corrupción, inequidades sociales y abusos de poder, idénticos o peores que los de los más repudiados regimenes totalitarios del mundo. Y es que precisamente el cantante del grupo inglés, años atrás, anunció que no vendría a Colombia e hizo controvertidas declaraciones. En todo caso, a todos pareció olvidárseles lo bocón que había sido, para ellos, el vocalista. Y, entre las actividades preliminares en torno a la agrupación que se programaron, hubo un par de conferencias a realizarse en la Universidad Nacional.
Aquel viernes en que se llevaría a cabo una de las conferencias, iba simultáneamente a inaugurarse un evento que reúne música electrónica y manifestaciones o expresiones con tufillo contracultural y discurso de resistencia… uno de esos apéndices que le salen al absurdo movimiento anti-globalización que a la vez celebra la diversidad mundial… Me interesaba saber con qué nuevo desatino iban a salir esta vez, pero tenía un tremendo dilema: si llevaba la facha adecuada para lo de Iron Maiden desentonaría con los asistentes al otro evento. Era una cuestión de tribus urbanas diferentes. Insito en llamarlas tribus aunque a los sociólogos no les guste, pues para mí actúan como hordas salvajes armadas de garrotes y emitiendo sonidos guturales imposibilitados para el lenguaje articulado y que siguen al líder sin objeción ni conciencia.
Opté por ponerme el estricto luto de los metaleros, llevando una capucha con la que cubriría mi cabellera en el escenario multicolor del sitio de electrónica y pondría al descubierto una colorida camiseta que habría camuflado bajo el negro de la ropa que llevaba puesta.
Todo mi capital era un billete grande que no quisieron cambiar en ninguno de los buses en que intenté irme. Debía cambiarlo. No sabía qué comparar. Miré a mi alrededor: una iglesia cristiana, una peluquería y un local de Internet con los pocos equipos disponibles ocupados… fue como una revelación. En ese momento recibí una llamada a mi móvil. W me preguntaba si podría dar una clase, la mañana siguiente, a una niñas en uno de esos barrios de alcurnia del norte de la ciudad… ¡Diablos!, pensé. Me incomodaba la idea de mejorar mi aspecto para aparecerme ante las jovencitas ésas y no causar mala impresión, pues no tenía otra alternativa que aceptar aquella efímera posibilidad laboral: necesitaba el dinero.
Tomé una decisión. Dije que sí y compré una Coca-Cola en lata antes de entrar a la peluquería y pedir que recortaran mi melena. No sentí nostalgia ni congoja. Me causó gracia lo simple que resultaba perderla luego de tanto esfuerzo en vano y enfrentamientos a raudales por mantenerla. Me había costado empleos, humillaciones, agresiones y burlas. No podía creer que hubiese dado tal carga simbólica a un montón de pelo que entonces caía al suelo, desprovisto de cualquier significado.
Era raro darse cuenta que ahora –y desde siempre– no se trataba más que de cabello. Igual sucedería con una nariz enorme y un pene o unos senos pequeños. Al fin de cuentas, por más connotaciones que se le atribuyan, no dejan de ser lo que son y únicamente cobran importancia en cuanto a cánones de belleza que, total, son prescindibles.
Salí de la peluquería sintiéndome cómodo. Era como si me hubiera quitado un peso de encima. Ahora el asunto sería otro: mi calvicie en avance. Pero, desde ya, sabía que de alguna manera lo resolvería.
Se había pasado la hora de ir a la conferencia –luego iría a otra que sería un absoluto fiasco– y no me apetecía ir al evento de inauguración. Tampoco se trataba de pararse los pocos pelos y pintárselos de color chillón y dejarse los pantalones por debajo de las nalgas… Además mi gusto por el heavy metal y mi desprecio por la música electrónica siguen intactos, la banda sonora de los adictos al amor químico y la visión ácida de un nuevo mundo feliz no me interesa por ahora y menos con proclamas politizadas.
Al concierto de Iron Maiden no fui, me era imposible sufragar el monto de la entrada... Era un desempleado que había pagado caro el precio de dejarse largo el pelo y actuar conforme a los derroteros de la perversa imagen pública de una caterva de ídolos de barro que hoy día no son más que piezas removibles en la industria del espectáculo, en una de las múltiples variantes que se encuentran en oferta en el mercado.
Ocurrió en los días previos al concierto de Iron Maiden en Bogotá. Todo un acontecimiento, teniendo en cuenta la creciente fanaticada que la banda británica de heavy metal ha cosechado en nuestro país, así como el hecho de que el número de bandas extranjeras que nos visitan no es tan amplio como el público quisiera, debido a la amenaza que representa una nación famosa por su inseguridad democrática –esto es una democracia que se precia de ser una de las más consolidadas del continente y sin embargo presenta formas de violencia y corrupción, inequidades sociales y abusos de poder, idénticos o peores que los de los más repudiados regimenes totalitarios del mundo. Y es que precisamente el cantante del grupo inglés, años atrás, anunció que no vendría a Colombia e hizo controvertidas declaraciones. En todo caso, a todos pareció olvidárseles lo bocón que había sido, para ellos, el vocalista. Y, entre las actividades preliminares en torno a la agrupación que se programaron, hubo un par de conferencias a realizarse en la Universidad Nacional.
Aquel viernes en que se llevaría a cabo una de las conferencias, iba simultáneamente a inaugurarse un evento que reúne música electrónica y manifestaciones o expresiones con tufillo contracultural y discurso de resistencia… uno de esos apéndices que le salen al absurdo movimiento anti-globalización que a la vez celebra la diversidad mundial… Me interesaba saber con qué nuevo desatino iban a salir esta vez, pero tenía un tremendo dilema: si llevaba la facha adecuada para lo de Iron Maiden desentonaría con los asistentes al otro evento. Era una cuestión de tribus urbanas diferentes. Insito en llamarlas tribus aunque a los sociólogos no les guste, pues para mí actúan como hordas salvajes armadas de garrotes y emitiendo sonidos guturales imposibilitados para el lenguaje articulado y que siguen al líder sin objeción ni conciencia.
Opté por ponerme el estricto luto de los metaleros, llevando una capucha con la que cubriría mi cabellera en el escenario multicolor del sitio de electrónica y pondría al descubierto una colorida camiseta que habría camuflado bajo el negro de la ropa que llevaba puesta.
Todo mi capital era un billete grande que no quisieron cambiar en ninguno de los buses en que intenté irme. Debía cambiarlo. No sabía qué comparar. Miré a mi alrededor: una iglesia cristiana, una peluquería y un local de Internet con los pocos equipos disponibles ocupados… fue como una revelación. En ese momento recibí una llamada a mi móvil. W me preguntaba si podría dar una clase, la mañana siguiente, a una niñas en uno de esos barrios de alcurnia del norte de la ciudad… ¡Diablos!, pensé. Me incomodaba la idea de mejorar mi aspecto para aparecerme ante las jovencitas ésas y no causar mala impresión, pues no tenía otra alternativa que aceptar aquella efímera posibilidad laboral: necesitaba el dinero.
Tomé una decisión. Dije que sí y compré una Coca-Cola en lata antes de entrar a la peluquería y pedir que recortaran mi melena. No sentí nostalgia ni congoja. Me causó gracia lo simple que resultaba perderla luego de tanto esfuerzo en vano y enfrentamientos a raudales por mantenerla. Me había costado empleos, humillaciones, agresiones y burlas. No podía creer que hubiese dado tal carga simbólica a un montón de pelo que entonces caía al suelo, desprovisto de cualquier significado.
Era raro darse cuenta que ahora –y desde siempre– no se trataba más que de cabello. Igual sucedería con una nariz enorme y un pene o unos senos pequeños. Al fin de cuentas, por más connotaciones que se le atribuyan, no dejan de ser lo que son y únicamente cobran importancia en cuanto a cánones de belleza que, total, son prescindibles.
Salí de la peluquería sintiéndome cómodo. Era como si me hubiera quitado un peso de encima. Ahora el asunto sería otro: mi calvicie en avance. Pero, desde ya, sabía que de alguna manera lo resolvería.
Se había pasado la hora de ir a la conferencia –luego iría a otra que sería un absoluto fiasco– y no me apetecía ir al evento de inauguración. Tampoco se trataba de pararse los pocos pelos y pintárselos de color chillón y dejarse los pantalones por debajo de las nalgas… Además mi gusto por el heavy metal y mi desprecio por la música electrónica siguen intactos, la banda sonora de los adictos al amor químico y la visión ácida de un nuevo mundo feliz no me interesa por ahora y menos con proclamas politizadas.
Al concierto de Iron Maiden no fui, me era imposible sufragar el monto de la entrada... Era un desempleado que había pagado caro el precio de dejarse largo el pelo y actuar conforme a los derroteros de la perversa imagen pública de una caterva de ídolos de barro que hoy día no son más que piezas removibles en la industria del espectáculo, en una de las múltiples variantes que se encuentran en oferta en el mercado.
domingo
TRABAJAR CANSA
No es que no tenga tema para volver a escribir y para volver a encontrarme con mis lectores (¡ya puedo hablar de ellos, como si me pertenecieran, porque DE FAUNA los tiene!) y es más bien una penosa situación de falta de tiempo.
Aunque hace un par de semanas que no duermo, o que dormito intranquilo, a razón de estar leyendo, preparando clases para recibir y también para ofrecer, y que incluso han llegado madrugadas que me sorprenden con mi bajo eléctrico desconectado, apenas musitando los estentóreos gritos sordos de sus metálicas cuerdas, el asunto de mi vida se volvió una cuestión de tiempo.
Si bien hace tan sólo unos meses era un desocupado, ahora he empezado retirada de proyectos con los cuales soñé siempre y ahora es posible que se vuelvan realidad. Me llegó una hora para delegar y que sean mis amigos quienes soporten y disfruten las mieles de la ocupación. No puedo abarcarlo todo.
Me gustaría haber podido reseñar la Feria del Libro, por ejemplo, pero fui a muy pocos eventos y en los que estuve, me deleité tanto que quizá escribir sobre ellos hubiese sido arruinarlos. De mis hallazgos de nuevos músicos, nuevos archivos que encuentro en "Soulseek" (ése oráculo inagotable de ondas sonoras) o del re-encuentro con el amor, con la atracción, con la coquetería y con la seducción, me gustaría hablar, pero no hay suficientes horas posándose en el alféizar de mis días.
Sin embargo debo anunciar lo imprescindible: una de las empresas más caras que jamás haya soñado, está a punto de ser realidad y es esto de empezar a producir eventos musicales con artistas locales y que en algún momento compartirán también con extranjeros.
La ahora de por si borrosa imagen de Luis Tejada, fumando pipa, apoltronado, con las piernas elevadas hacia el cielo, contra la ventana, es ahora muy lejana. El caso es -eso sí - que gozo mucho este momento, lo atesoro, quiero asirlo, porque también hay otro lugar para el acto de despojarse, de renunciar, de aligerarse (y de a-sombrarse). Cuando ya no quede otro remedio que partir.
La imagen de Pavese me asalta. Le reclamo territorio ahora en lontananza. Hoy estuve en el servicio religioso nuevamente, vine renovado a contraviento de Negri y de Foucault, que ya no me importan y hallé el libro de Jorge Zalamaea que tanto había querido. Por dos mil pesos, como nos gusta en estos días, de barata.
Trabajar cansa (CESARE PAVESE)
Los dos, tendidos sobre la hierba, vestidos, se mirana la caraentre los tallos delgados: la mujer le muerde los cabellosy después muerde la hierba. Entre la hierba, sonríe turbada. Coge el hombre su mano delgada y la muerde y se apoya en su cuerpo. Ella le echa, haciéndole dar tumbos.La mitad de aquel prado queda, así, enmarañada.La muchacha, sentada, se acicala el peinado y no mira al compañero, tendido, con los ojos abiertos.
Los dos, ante una mesita, se miran a la cara por la tarde y los transeúntes no cesan de pasar.De vez en cuando, les distrae un color más alegre.De vez en cuando, él piensa en el inútil día de descanso, dilapidado en acosar a esa mujer que es feliz al estar a su vera y mirarle a los ojos.Si con su piel le toca la pierna, bien sabe que mutuamente se envían miradas de sorpresa y una sonrisa, y que la mujer es feliz. Otras mujeres que pasan no le miran el rostro, pero esta noche por lo menos se desnudarán con un hombre. O es que acaso las mujere sólo aman a quien malgasta su tiempo por nada. Se han perseguido todo el día y la mujer tiene aún las mejillas enrojecidas por el sol. En su corazón le guarda gratitud.
Ella recuerda un besazo rabioso intercambiado en un bosque, interrumpido por un rumor de pasos, y que todavía le quema. Estrecha consigo el verde ramillete -recogido de la roca de una cueva- de hermoso adianto y envuelve al compañero con una mirada embelesada.
Él mira fijamente la marañade tallos negruzcos entre el verde tembloroso y vuelve a asaltarle el deseo de otra maraña-presentida en el regazo del vestido claro-y la mujer no lo advierte. Ni siquiera la violenciale sirve, porque la muchacha, que le ama, contiene cada asalto con un beso y le coge las manos.
Pero esta noche, una vez la haya dejado, sabe dónde irá: volverá a casa, atolondrado y derrengado, pero saboreará por lo menos en el cuerpo saciado la dulzura del sueño sobre el lecho desierto.
Pero esta noche, una vez la haya dejado, sabe dónde irá: volverá a casa, atolondrado y derrengado, pero saboreará por lo menos en el cuerpo saciado la dulzura del sueño sobre el lecho desierto.
Solamente -y esta será su venganza- se imaginará que aquel cuerpo de mujer que hará suyo será, lujurioso y sin pudor alguno, el de ella.
Versión de Carles José i Solsora
Versión de Carles José i Solsora
sábado
ALGUNOS VERSOS DEL POETA JAVIER HUÉRFANO
Por RAFAEL SERRANO
De la extensa lista de poetas que se presentaron el viernes santo con sus lecturas consabidas y su palabrería a veces luminosa, me quedo con uno de ellos, por fuera del convite. No desdeño, ni mas faltaba, al resto del grupo que escuchamos en lectura (casi ritual) desde una de las cómodas sillas que tiene el Museo nacional en Bogotá, puestas en las otrora mazmorras, ahora convertidas en augustos auditorios y salas de exposición.
Era la celebración del “Día de la Poesía” y por ello el conjunto de poetas que participa en el periódico virtual “Con-Fabulación” y también en la revista impresa “Común Presencia”, se valieron de la carretera virtual y algún medio impreso, para convocar allí a los adeptos de siempre, a los curiosos puntuales y a uno que otro lector de versos, cuando menos no simples oyentes de los que van a la Casa de Poesía Silva.
El poeta Iván Beltrán Castillo explicó que la celebración es mundial y que coincide con la noche de Walpurgis: una hórrida noche de luna centelleante en la cual brujos y brujas de todo pelambre salen a buscar ramas secas y yerbas que crecen en el bosque para después hacer sus infusiones, sus hechizos.
Coincidió el asunto con la muerte de Matilde Espinoza, un baluarte de la poesía nacional, que entonces descubrimos que era abuela de Fernán Martínez (el manager de Juanes) y también de Guillermo Martínez González, el editor de Trilce, una empresa incansable al servicio de autores locales, y traducciones de extranjeros.
El poeta a quien me quiero referir con brevedad (para no agobiar a nadie con asuntos que no debieran sonar elogiosos, pero tampoco injustos) de seguro ha leído algo de esa práctica de la “noche mágica”, pero procuraré no intentar analogías con las suyas, personales y casi secretas, para combatir y aliviar los dolores de su humanidad, que por cierto y como siempre desde que lo conocimos, permanece incólume y sobre todo, jovial.
Sobre el evento tuve observaciones triviales, objeciones insulsas y referentes jocosos que no mencionaré y tampoco guardaré para el corrillo. Estos asuntos se vuelven cada vez mas una encerrona y de lo que se trata es de darle rienda suelta a la imaginación, por ello celebro y canto a todos los poetas del mundo. ¡Uníos!
El evento estuvo generosamente concurrido y a pesar del abrebocas de las crónicas de Jotamario Arbeláez, la tensión de la velada no desfalleció y mas bien mejoró notablemente con la intervención, entre otros, de Mauricio Contreras, Rafael Del Castillo, Gustavo Tatis Guerra, Alfonso Carvajal, el mismísimo Guillermo Martínez González a quien hace mucho no veíamos en las figuraciones literarias y también subieron al estrado nombres para mi desconocidos, pero con publicaciones hechas y premios a granel, como el caso (de varios mas) de José Zuleta, hijo del conocido filósofo y ensayista, Estanislao Zuleta.
El poeta en mención no estaba en la lista convocada. Como no ha estado antes en algunas otras. Y eso le divierte cantidades. Aún así, con desprevención total y no por ello fiel al rigor que la literatura exige, ha venido publicando por su cuenta, obras breves pero alucinadas, cada vez más decorosas y de mejor factura tanto en el fondo como en los formatos.
Me lo presentó en 1986 un amigó común que mantuvo por un buen tiempo una revista independiente de modesto tiraje, mimeografiada o fotocopiada, de nombre “Silbos” (la revista) y que fue material de lectura de mis últimos años de adolescencia. Esa noche lejana, sentados en el viejo sofá del pasillo en la Casa Silva, este poeta traía puesto un pantalón verde “biche” y un saco rojo “pasión” (combinación imposible, pero digna de un “poeta joven”) y ello era inusual para la época, cuando el uniforme de poeta era usar botas industriales de color marrón o amarillo, con bluyín, mochila, gabán largo heredado y por supuesto, bufanda. De algún modo se había anticipado a la era del “grunge” y el estilo alternativo, si a ello le sumamos además, su cabello revuelto y su postura afectada.
Recién estrenaba su poemario intitulado “Uno está en el día como dormido” con una nota de Luis Vidales. Desde entonces lo encuentro a él en una y otra y cien formas o matices que la vida tiene: como funcionario, con cabello corto y bien peinado, como desempleado, feliz y lleno de hijos y recientemente, como abuelo (de largo cabello y sin una sola cana), como pintor y ahora, como editor. La mayor parte de esas veces, viene con mucho desenfado, del cual confieso he aprendido mucho, pues el tono en poesía debe ser ese, contrario a la pose o a la genuflexión.
Les propongo pues, la lectura de estos poemas contenidos en su más recientemente libro aparecido a finales de 2006 y que él disculpa tímido pues “hace ya mucho rato que salió”. Acaso sea esto último, otra lección de vida que este amigo nos ofrece, pues presiente uno que los días se escapan como el agua y hay entonces que poner manos a lo obra, pues por encima de las figuraciones, de las rencillas, de los rencores, están estos hallazgos, estas formas del espíritu, esta encomiable labor de los que gozan el verso de raíz. Con ustedes, Javier Huérfano y algunos poemas extraídos de su libro “Quien dijo que la oscuridad no es otra luz” (Bogotá, 2006) -500 ejemplares numerados, firmados e ilustrados por el autor –
Del poemario "QUIÉN DIJO QUE LA OSCURIDAD NO ES OTRA LUZ"
JAVIER HUÉRFANO (Calarcá, Quindio 1959) Colección de Poesía FRIDA, 2006
I
Resisto
en el dolor la terquedad del viento,
pétalo de rosa que sin decir
por ejemplo que hubo amor entre
mis papeles y el largo silencio de un poema.
La tarde de sábado con algo de sol,
tenía ojos de alegría en el beso
puesto para el deseo.
Todo fue miedo de cuerpos vivientes
en los gritos de las bocas cerradas,
palpo en la fatiga de un pequeño incendio
volveremos a la tierra sin desplantar el polvo.
IV
Hago parte de la comedia
testigo y verdugo soy
deposito mi cabeza en la muerta noche
que no sale del terror.
De la extensa lista de poetas que se presentaron el viernes santo con sus lecturas consabidas y su palabrería a veces luminosa, me quedo con uno de ellos, por fuera del convite. No desdeño, ni mas faltaba, al resto del grupo que escuchamos en lectura (casi ritual) desde una de las cómodas sillas que tiene el Museo nacional en Bogotá, puestas en las otrora mazmorras, ahora convertidas en augustos auditorios y salas de exposición.
Era la celebración del “Día de la Poesía” y por ello el conjunto de poetas que participa en el periódico virtual “Con-Fabulación” y también en la revista impresa “Común Presencia”, se valieron de la carretera virtual y algún medio impreso, para convocar allí a los adeptos de siempre, a los curiosos puntuales y a uno que otro lector de versos, cuando menos no simples oyentes de los que van a la Casa de Poesía Silva.
El poeta Iván Beltrán Castillo explicó que la celebración es mundial y que coincide con la noche de Walpurgis: una hórrida noche de luna centelleante en la cual brujos y brujas de todo pelambre salen a buscar ramas secas y yerbas que crecen en el bosque para después hacer sus infusiones, sus hechizos.
Coincidió el asunto con la muerte de Matilde Espinoza, un baluarte de la poesía nacional, que entonces descubrimos que era abuela de Fernán Martínez (el manager de Juanes) y también de Guillermo Martínez González, el editor de Trilce, una empresa incansable al servicio de autores locales, y traducciones de extranjeros.
El poeta a quien me quiero referir con brevedad (para no agobiar a nadie con asuntos que no debieran sonar elogiosos, pero tampoco injustos) de seguro ha leído algo de esa práctica de la “noche mágica”, pero procuraré no intentar analogías con las suyas, personales y casi secretas, para combatir y aliviar los dolores de su humanidad, que por cierto y como siempre desde que lo conocimos, permanece incólume y sobre todo, jovial.
Sobre el evento tuve observaciones triviales, objeciones insulsas y referentes jocosos que no mencionaré y tampoco guardaré para el corrillo. Estos asuntos se vuelven cada vez mas una encerrona y de lo que se trata es de darle rienda suelta a la imaginación, por ello celebro y canto a todos los poetas del mundo. ¡Uníos!
El evento estuvo generosamente concurrido y a pesar del abrebocas de las crónicas de Jotamario Arbeláez, la tensión de la velada no desfalleció y mas bien mejoró notablemente con la intervención, entre otros, de Mauricio Contreras, Rafael Del Castillo, Gustavo Tatis Guerra, Alfonso Carvajal, el mismísimo Guillermo Martínez González a quien hace mucho no veíamos en las figuraciones literarias y también subieron al estrado nombres para mi desconocidos, pero con publicaciones hechas y premios a granel, como el caso (de varios mas) de José Zuleta, hijo del conocido filósofo y ensayista, Estanislao Zuleta.
El poeta en mención no estaba en la lista convocada. Como no ha estado antes en algunas otras. Y eso le divierte cantidades. Aún así, con desprevención total y no por ello fiel al rigor que la literatura exige, ha venido publicando por su cuenta, obras breves pero alucinadas, cada vez más decorosas y de mejor factura tanto en el fondo como en los formatos.
Me lo presentó en 1986 un amigó común que mantuvo por un buen tiempo una revista independiente de modesto tiraje, mimeografiada o fotocopiada, de nombre “Silbos” (la revista) y que fue material de lectura de mis últimos años de adolescencia. Esa noche lejana, sentados en el viejo sofá del pasillo en la Casa Silva, este poeta traía puesto un pantalón verde “biche” y un saco rojo “pasión” (combinación imposible, pero digna de un “poeta joven”) y ello era inusual para la época, cuando el uniforme de poeta era usar botas industriales de color marrón o amarillo, con bluyín, mochila, gabán largo heredado y por supuesto, bufanda. De algún modo se había anticipado a la era del “grunge” y el estilo alternativo, si a ello le sumamos además, su cabello revuelto y su postura afectada.
Recién estrenaba su poemario intitulado “Uno está en el día como dormido” con una nota de Luis Vidales. Desde entonces lo encuentro a él en una y otra y cien formas o matices que la vida tiene: como funcionario, con cabello corto y bien peinado, como desempleado, feliz y lleno de hijos y recientemente, como abuelo (de largo cabello y sin una sola cana), como pintor y ahora, como editor. La mayor parte de esas veces, viene con mucho desenfado, del cual confieso he aprendido mucho, pues el tono en poesía debe ser ese, contrario a la pose o a la genuflexión.
Les propongo pues, la lectura de estos poemas contenidos en su más recientemente libro aparecido a finales de 2006 y que él disculpa tímido pues “hace ya mucho rato que salió”. Acaso sea esto último, otra lección de vida que este amigo nos ofrece, pues presiente uno que los días se escapan como el agua y hay entonces que poner manos a lo obra, pues por encima de las figuraciones, de las rencillas, de los rencores, están estos hallazgos, estas formas del espíritu, esta encomiable labor de los que gozan el verso de raíz. Con ustedes, Javier Huérfano y algunos poemas extraídos de su libro “Quien dijo que la oscuridad no es otra luz” (Bogotá, 2006) -500 ejemplares numerados, firmados e ilustrados por el autor –
Del poemario "QUIÉN DIJO QUE LA OSCURIDAD NO ES OTRA LUZ"
JAVIER HUÉRFANO (Calarcá, Quindio 1959) Colección de Poesía FRIDA, 2006
I
Resisto
en el dolor la terquedad del viento,
pétalo de rosa que sin decir
por ejemplo que hubo amor entre
mis papeles y el largo silencio de un poema.
La tarde de sábado con algo de sol,
tenía ojos de alegría en el beso
puesto para el deseo.
Todo fue miedo de cuerpos vivientes
en los gritos de las bocas cerradas,
palpo en la fatiga de un pequeño incendio
volveremos a la tierra sin desplantar el polvo.
IV
Hago parte de la comedia
testigo y verdugo soy
deposito mi cabeza en la muerta noche
que no sale del terror.
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