lunes

UNA ABUELA Y UN JAZZISTA QUE SE FUERON

Una abuela infiltrada entre poetas es la forma como pensé a mi abuela recientemente fallecida, puesto que estuvo ella, justamente, inmiscuida en algunos asuntos literarios y era familiar entre poetas locales.
Al escribirle a mi amigo Beto García, el pianista de jazz que antes mencionamos y celebramos desde aquí, le dije que posiblemente -ahora que también murió el gran pianista Oscar Peterson - mi abuela le saludara y le escuchara en un cuarto contiguo, en esa dimensión etérea a la que van poetas y músicos. In memoriam

También invito a leer una extensa crónica sobre algo que me sorprendió hace poco al encontrar una tarjeta de presentación olvidada entre un libro de poemas: de cuán duros son trabajos en la vida, a veces lo olvidamos, pero es posible que al final de la dura jornada, vengan recompensas.

oscar peterson

CÓMO DUROS SON TRABAJOS EN LA VIDA

Por Rafael Serrano

“quien puso en mi la vida
tiró una piedra al mar”
OSCAR PIEDRAHITA GONZÁLEZ

Casi había olvidado lo duros que son trabajos en la vida y cómo es que se pasan los días escasamente sobreviviendo a las tormentas y al irremediable caos, al destino inexpugnable, a las horas que son como mosquitos adheridos a la piel de los cadáveres o bullendo alrededor de una fruta del árbol derribado.
Casi había olvidado cómo se pasan trabajos en vida, cómo laborar cansa, cómo es que hay siempre alguien que debe hacer trabajos sucios y cómo es que casi siempre es a uno a quien le toca palear la soledad, las vicisitudes, las penas y las derrotas; los embates vienen cuando no se les espera (eso es absoluto) y cómo es que hay cornadas en la vida ¡yo no sé!
Vienen a mi memoria, por el hallazgo de una tarjetita impresa, olvidada entre las páginas de un libro de poesía, un mar de cosas, una cascada de impresiones, de probabilidades juntas, de asuntos pendientes y de situaciones que pudieron haber sido y que fueron, a pesar de la distancia, a pesar de los caminos que siempre se bifurcan, sin remedio.
Además de recordar al magnífico poeta colombiano Oscar Piedrahita publicado enbuenahora por la editorial de la Universidad Central (Bogotá, 1996) y quien fuera catedrático insigne de ésa no menos prestigiosa institución, recuerdo también mis años de beligerante hombre de blues, de rock pesado y poesía, un vagabundo rutilante de estación en estación perdido, un bárbaro pasivo que inoculaba con palabras las mentes de los coterráneos desde el escenario, un místico venido de un barrio del sur a las cantinas del centro.
En “Cantos del Torturado”, antología que reúne la obra del poeta de Caicedonia, Valle, están reunidos, entre otros, algunos de los más famosos versos de la poesía colombiana dedicados al padre (“Imagen del Padre Labriego”) y aunque el mismo autor reconoce que ése es un poema logrado y por el cual lo han reconocido en el país entero, no es su máximo “opúsculo poético” (como él mismo llamaría a los poemas) pues en su obra encuentra el lector más de una sorpresa literaria, porque él es un poeta de vanguardia.
Le conocí cuando fui su discípulo en la cátedra de Lingüística en la facultad de periodismo de la Universidad que mencioné, al tiempo que leía a Rimbaud, a Malcolm Lowry (el poeta y sobre todo el novelista) a Mallarmé, a los surrealistas y fue el maestro Piedrahita quien me instruyó en poetas como Leopardi y el asombroso Attila Jószef, un bárbaro lanzado a los rieles del tranvía, como yo mismo, aferrado al ruido, la emoción, la velocidad y el vatio en el metal pesado.
Piedrahita es un poeta moderno; amigo personal de Cote Lamus y de Gaitán Durán, de Martán Góngora y del terrible Arango quien lo acogió en las filas del nadaísmo, este poeta señaló para mi y para dolor de cabeza de mis allegados, la tortuosa ruta de la poesía: “esa casa en ninguna parte, ésa enfermedad desconocida”, parafraseando a Fernández Retamar.
En ése libro intacto, dedicado con su puño y letra, leído y releído tantas veces, he hallado una señal del absoluto pasado, que una vez fue presente, como un faro perdido entre las ruinas, aún encendido, plegando sus iridiscencias últimas, entre escombros de horas muertas.
Un negativo fotográfico de la empresa Kodak me recuerda que somos efímeros como un diente de león, esa especie de florecita del aire, de juguete caprichoso que se mece entre otras hierbas, esa espumita frágil, esa belleza intranquila que se deslíe con la brisa o con un bufido de doncella, y que es, como todos (como todo), deleznable.
Allí aparezco entre las ruinas por lantanio devastado; yo, una figura regordeta pero incólume, sibilino y sibarita, como una encarnación a medio camino entre Charles Mingus, Sid Barret y Terence Butler, rodeado o abrazado por amigos jazzistas, muchachos y muchachas del blues y un rockero con el cabello teñido de amarillo que fungía de sonidista en los conciertos que ofrecíamos de bar en bar, de festival en festival y que solía salir al escenario con su banda disfrazado de elefante rosado.
En otro fotograma en negativo, abrazado también, estoy con una muchacha bella que amé con la pasión de un loco. Digamos mas bien que aparezco allí aferrado a ella con la tenacidad de un mundo que estaba por desaparecer, que se habría de derrumbar – sin saberlo ninguno de nosotros, indefensos, a expensas del hórrido destino – y que finalmente se desplomó como un borracho herido en una callejuela, moribundo.
Entre las páginas del libro hallo también, como lo dije, la tarjetita. Se me antoja un tiquete sin usar, hacia el pasado. Una carcajada estentórea, una mueca siniestra, un ademán macabro, un pase hipnótico. No es nada que no pueda uno conciliar o atar fácilmente como los hilos de un botín, con dos medias vueltas y un bigote de ratón.
En el poemario leo: “Vivimos llenos/ de pequeñas muertes/ muertes elementales/ juegos a muerte/ de la vida./ Y pienso asertivo con el bardo valluno. Asiento, medito. Uno es un cascabel en la cola de la muerte, siempre estamos como serpenteando entre nosotros mismos, enrollándonos sobre nosotros mismos.
Le ponemos trampas a la vida cada vez que amanece. Triunfamos unas veces, casi siempre fracasamos, pero es terrible el día en que casi no aparecemos en los espejos y estamos disminuidos por el camino a cuenta gotas, bajo sol canicular.
Una banda de blues, sacada de una foto
Con la muchachada tocábamos en bares y en vericuetos de la gran ciudad; íbamos tras quimeras de prestigio, fingiendo ser rútilas estrellas del blues bogotano, arropados por “spots” de múltiples colores que enceguecieron nuestros pálidos rostros de mestizo, estábamos muy lejos del Mississippi y resultábamos en horribles cunetas del desagüe, abandonados sin dinero, en la carretera casi siempre, “a la vera del camino, rodeados de presencias, pero solos”, como en ése viejo blues.
Tratando de hacer una carrera musical, paramos en lugares de mala muerte, sin paga, como en una película de autor en la que los protagonistas son parias y fue así como llegamos a las puertas de dos lugares entre espantosos y cómicos, aparatosos y ruines. Frente a la entrada de la Biblioteca Nacional, en la calle 24 entre las carreras quinta y sexta, hay aún un local oscuro, como oscura debe ser la muerte y en el cual funcionaba un bar administrado en ese entonces (mitad de los noventa) por un hombre cano y calvo al mismo tiempo, cuyo nombre justamente aparece en la tarjeta personal en cuestión, éste tiquete quejumbroso encontrado entre las páginas de un libro refundido entre mis cosas.
El lugar olía a muerte. No a mortecino pero sí a una angustiante, triste muerte, de esas muertes que uno ve a veces rodando por ahí como aguijones, como guirnaldas circulares con púas, como estrellitas de hielo con agujas afiladas. De reojo, mientras tocaba allí, vi moverse el brazo de una siniestra figura pintada en la pared y ésa fue la misma sensación que los otros músicos percibieron de manera similar.
Corría entonces el rumor de que una mujer muy joven, quizá adolescente, había sido violada y posteriormente asesinada en el sótano de éste lugar y que de esa forma su atormentado espíritu parecía cobrar vida en el cuerpo dibujado de una bruja en la pared.
El lugar era pues de un tono tan sórdido como sórdido debió ser el crimen allí mismo perpetrado y sus administradores, acaso unos barqueros que cobraban unas monedas para cruzar el Aqueronte.
Casi de igual modo como llegamos a ese bar de medianoche, golpeamos a las puertas de un club privado de bailarinas desnudistas para ofrecer nuestros pausados pero calientes blues que acaso encendieran mejor el juego de caderas y expuestos senos de impúdicas muchachas bailarinas a sueldo. Era otro sórdido lugar. A puerta cerrada era un sitio de nudistas y voyeurs que pagaban por ver cintas pornográficas en la impunidad de las sombras y que sospecho pionero en ese tipo de servicios en una ciudad a veces pacata, a veces conformista, mas veces atrevida y libérrima.
Su fachada no disimulaba su encanto privado pues aún hoy día la tienda exhibe su gata curvilínea de cínica pero seductora expresión de desenfado y excitación, apoyada en un bastón delgado, enfundada en medias de malla y fumando un cigarro en una larga pitillera, al mejor estilo de la Dietrich, como quien dice, una matahari de la noche prohibida.
Pero es una gata. Como sea. Una caricatura, y causa simpatía que sea a este personaje a quien le corresponde dar la cara a una tienda de bajezas, monstruos y misterios de la sexualidad, vejación y transtorno de los amores, los odios y las pasiones y resulta sorprendente que exista toda clase de casi infinitos modos de amoralidad en pornografía explícita, que sonrojaría al más valiente.
El nombre del administrador de esta tienda de felaciones aparece pues en la tarjeta que he hallado de fortuito y que había dado por perdida, para mi propia salvedad y la de mis chakras esenciales, el segundo de ellos en particular. Pero nunca dio la cara, como sí lo hacía la gata. Parecía como si nunca podría saber de quien se trataba. ¿Qué rostro tendría un proxeneta del video? -me preguntaba- ¿cómo sus facciones habrían endurecido (o reblandecido) de ser voyeur de los voyeurs?, ¿cómo su alma se habría adelgazado de ver todos los días de la semana -en jornada continua- las interminables faenas de hombres y mujeres de genitales exacerbados por hormonas y artilugios?
Decliné el intento de tocar allí. No por la impudicia, no por la baja vibración de los elementales y mas bien por un sino ineludible, una protección benigna que tantas veces - sin explicación- ha confundido para bien mis pasos.
En el libro que sirvió de albergue al cartoncito impreso con el nombre de este personaje que antes hubiese adivinado (sin temor a equivocarme) como vulgar y desmedido, sigo leyendo, de la mano del poeta Oscar Piedrahita, cómo es que vivimos llenos de “clavos que nos desgarran/ para sanar de nuevo/ claudicaciones/ pústulas/ oscuras grietas/ que se nos abren de pronto/ ventanas/ de la ausencia absoluta.”
Este pequeño hallazgo me ha hecho pensar una vez mas en la vida, ésa “ventana de la ausencia absoluta” parafraseando al sabio vate, esa “pústula”, esa “grieta” que insondable nos conduce siempre hacia la muerte. ¿Qué hacemos entretanto? Tratar de vivir; ¿de sobrevivir acaso? Damos pasos de gigante hacia ese día, el inconfundible, el malsano, el terrible día de la muerte, el inquietante, el innombrable día. Pero no nos damos cuenta, no contamos nuestros pasos (tal vez luego los recojamos) y eso es ideal.
Nos damos cuenta que servimos para pequeñas cosas – algunos – como sorprendernos con la inútil belleza de los rastros y las pistas que acaso nos conducen al alumbramiento presentido de la poesía. Los mas, seguirán una ruta de insucesos por conseguir materias primas y ostentar riqueza. A ambos grupos se nos dan los días y el trabajo.
Pero ¿cuántos caminos, cuántos enigmas, cuantos cigarrillos habrá que recorrer, resolver, fumar hasta llegar por fin a la aventura merecida? ¿Cuánto oprobio habremos resistido antes de recibir la más grande pieza del mendrugo universal? ¿Cómo es que confabulan los astros, las esferas ineluctables o los misteriosos elementales para que todo se conjugue a favor nuestro?
Seguramente equivocado en mis presagios, en mis cábalas, en mis insidiosas premoniciones sobre el administrador del video show, he cruzado los listones de una red inevitable, los cabos sueltos de una ruta. El hombre cano y calvo al mismo tiempo resulta ser experto en John Lennon y en actualidad nacional y esto le valió obtener un cargo como periodista en una emisora universitaria.
Los tres hombres son una misma persona: bartender, proxeneta del porno y periodista cultural. Mi hallazgo lo confirma, pues sólo ahora reconozco su nombre reconocible, blanco fácil de señalamientos, figura pública en la radio.
El mismo nombre impreso en esa tarjeta de color violeta y fucsia los confunde a todos ellos, los implica a ambos, los recoge, los reúne, los hace permanecer juntos en una extraña forma asimétrica de muchas y diversas caras.
Simplemente es un hombre, como todos, inefable destino que se lleva a cuestas en este plano sin aparente redención. Como el diente de león en la pradera, deleznable. Y ahora que ése otro iracundo hombrecillo dejó vacante en la jefatura de prensa de la brillante orquesta de cobres y panderos y oboes y platillos, es nuestro personaje en situación el que llega a remplazarlo.
Qué trabajo nos da la vida. Cuesta mucho vivirla. Había olvidado cuanta vejación se puede tragar en la existencia. Es decir que a la dupla se suma un tercero: el proxeneta del ojo, la misma persona; una trinidad que sorprendería a quien le ha tocado fácil conseguir el pan para la panza y que acaso conmueva a quien ahora le ve inflado como un pan, dando informes a distancia.
Se pasa muy duro en la vida, se pasan mil trabajos ridículos y es posible que al final se consiga recompensa; para algunos, ser el blanco de señalamientos, para otros, la victoria merecida en un altar secreto, silencioso.

miércoles

Conscious Stream - Rob Martino, Chapman Stick

A manera de un goce póstumo, este rezumadero de sonidos novedosos...para la abuela Gilmita

sábado

UNA ABUELA INFILTRADA ENTRE POETAS

para ustedes, tan pesados, tan apegados, tan poco leves
Ninguno de los y las asistentes al sepelio de mi abuela sabían que era ella conocida entre una parte de la farándula literaria local y aún entre rockeros de vieja data y hasta libreros. Narré un par de veces entre los deudos, el pasaje en que fuimos ella y yo al lanzamiento del libro del poeta nadaísta y entretanto guardaba para mi otros encuentros, otros momentos del chispeante humor y la inteligencia rápida para conectar anáforas, palabras y retruécanos.
Fue mi abuela quien patrocinó mis primeros libros de poesía (esas cajitas que actúan como tablas de salvación en ciertos momentos de la vida), libros que me alejaron para siempre de la incertidumbre de la nadería y la insondable levedad de los imbéciles, al decir de Levertov.
Neruda en edición de Oveja Negra y Vallejo en los talleres gráficos de San Victorino llegaron a mis anaqueles gracias a un patrocinio desinteresado, generoso y que sirvieron como disculpa, después que ella misma los leyera en parte, para contarme de cómo su esposo – mi abuelo Rafael Serrano, también músico y poeta – le escogía lecturas de su quizá breve pero inquietante biblioteca.
Leyeron juntos mis abuelos, como si fueran una clase de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sastre, lo poco no censurable de José María Vargas Vila y Julio Flórez, y aunque esos textos pasaban por el tamiz del buen lector y también censor, de oídas entendió mi abuela que allí reposaban escenas lésbicas, incestuosas o soliloquios en el cementerio.
Muchas veces fuimos juntos a la fonoteca de la Casa de Poesía Silva, para escuchar las voces grabadas de poetas como Roque Dalton, Roberto Fernández Retamar, o el reconocido Juan Manuel Roca, quien le preguntó a mi abuela en el año 88 si venía armada, haciendo uno de sus juegos de palabras y referencias literarias.
Distinguió a Germán Espinosa, a Harold Alvarado, a Mario Rivero y a coetáneos míos como Francisco Amín, Rafael Del Castillo, Carlos Alberto Troncoso, Javier Huérfano o Francisco José González y se tomó fotografías con José Luis Díaz Granados y su hijo Federico en las escalinatas que conducen al Museo de Arte Moderno, tomando vino y libando en Sebastián, una calaquita que no sé cómo era que se había colado en las vidas de la pretendida grupa de poetas jóvenes en ciernes, y es así que ellos veían en la abuela un motivo emocionante y la veneraban y la interpelaban como si fuera una más del grupo compuesto entre otros por Yesmer Uribe Vitobisch, Nelson León, Sandra Uribe, el brujo García y Fernando Denis, ahora al frente de una editorial independiente.
Cuando Federico Díaz Granados se fue a colaborar en el Magazín Dominical del periódico “El Espectador”, el estupor fue mayor. En los cafetines, en las calles del centro de la ciudad y en mi propia casa, casi no se hablaba de otra cosa. Durante meses, la cofradía que yo había convocado y que José Luis Díaz-Granados había bautizado desde su página literaria del periódico “El Tiempo” como “Generación del 98”, habíamos fraguado el modo de publicar una revista cultural que hiciera contrapeso al “Magazín” o que por lo menos refrescara el ámbito literario local y al mismo tiempo - veleidades deliciosamente irresponsables de la juventud - sustraer los objetos decimononos de los poetas venerados desde vitrinas inseguras en la Casa de Poesía, dinamitar el mausoleo de los Silva en el Cementerio Central (con cartuchos que Fernando Denis conseguiría en el mercado negro de Patio Bonito) o remplazar las losas de esas tumbas ilustres, con los nombres de quienes justamente en aquellos días visitarían en acto protocolario, ese sector de la necrópolis, en homenaje al autor del célebre “Nocturno”.
Fuera del grupo, fue mi abuela la única en conocer parte del plan “petricida” y aunque no supo los detalles y la magnitud del asunto, recuerdo que dijo su siempre lapidaria frase: “¡ay mijo, usté no se meta en eso!” De seguro mi abuela recordaría el día en que amable y sonriente, María Mercedes Carranza la saludó en la casa del poeta finisecular o cuando por primera vez caminamos por esa casa museo, leyendo una a una las plaquitas que acompañan las fotografías de Aurelio Arturo, Gonzalo Arango, Jorge Gaitán y Eduardo Cote, lanzando moneditas de veinte pesos a la pozeta del patio de atrás, bebiendo el pródigo canelazo que nos traía Dioselina desde el fondo de la casa, cuando Jairo era portero y cuando aún Raúl Gómez Jattin no venía del Sinú hacia el Hotel Regio en Bogotá, para quemarlo, ni tampoco estaba, por supuesto, su foto en la entrada, con el humeante “peche”.
Antes de iniciar la década del noventa, mi abuela, mi novia de entonces y yo, asistimos emocionados a una encuentro multitudinario de poesía, el primero de esa magnitud en el país, con cerca de mil asistentes devotos y silentes, reunidos alrededor de las voces de Jaime Jaramillo Escobar X-504, Juan Manuel Roca, Harold Alvarado Tenorio, Dario Jaramillo con la pata coja, Nicolás Suescún, Augusto Pinilla y ahora sí, como una voz magmática, el inusual monstruo del valle del Sinú, que únicamente solía hacerse daño a si mismo: el grande Raúl Gómez Jattin.
Luego del evento “La Poesía tiene la Palabra”, (un espaldarazo grato para mi y supongo que también para muchos más) la misma casa cultural convocó a la multitud (nadie sabía que los lectores de poesía éramos una multitud y que quienes intentaríamos cometer versos éramos una legión) para escoger por votación “el mejor verso de amor de la poesía colombiana” y entregó tarjetones a diestra y siniestra como en cualquier sufragio. Mi abuela, por supuesto, envió su voto por los versos que sentía más puros en el universo y los más amorosos de todo el planeta: los que su nieto escribía para la niña que “cerraba con alas de violeta el temor de los tristes acantilados de la tarde”, un nieto por cierto inédito, ingenuo como se debe ser en poesía, pero lector – para colmo - de “Piedra y Cielo” y de Góngora y Argote, Calderón de la Barca y Bécquer.
Estaba enamorado de la muchachita que vivía en la esquina de la Iglesia Cuadrangular, arriba de la estación de Gasolina, donde terminaba en el sur la avenida Boyacá por esos días, y era la hija de un gendarme asesinado cruelmente en el barrio Venecia, a mansalva y sin gondolier a la vista.
Aunque eran más crudas y mejores esas historias de barrio, cuando con mis amigos de la barriada tirábamos piedras en el delta del Tunjuelito o hacíamos interminables filas para comprar el cocinol y el viento nos quemaba la cara como si fuera una brasa, mi abuela y yo continuábamos conmovidos por el verso de Jorge Rojas que decía: “es un lunes o es un lunes disfrazado de domingo”.
Como sea, era maravilloso que un día se pudiera disfrazar de otro. Y un camuflado día de esos vi al viejo Rojas cruzar la avenida Jiménez a pie, lo cual fue emocionante en una era en la que los poetas no posaban de vedettes (pues eran peor que eso: dandies a mano fuerte), y tan sólo vestían de paño inglés; pero el bardo iba de campirano, casi de overol y parecía un carpintero comprando suministros en la zona industrial. A Eduardo Carranza lo llevó el hermano Edgar Abrahim al colegio San Bernardo De La Salle donde yo estudié y donde recitó el “Soneto a Teresa… en cuya frente el cielo empieza” o el “Soneto con una Salvedad” (“salvo mi corazón todo está bien”), para desconcierto de un millar de muchachos bien peinados que haríamos carrera en rock, en arte, en poesía o en delincuencia.
Yo escogí de lo primero. Nos reuníamos en la gruta mariana del colegio lasalllista, a leer poemas bobos que escribíamos una comisión de zoquetes de la palabra, bajo el permiso de la virgen del carmen que como era de piedra no escuchaba a los atorrantes y como era prudente y benigna, nos perdonaba…fuera lo que fuéramos. Allí llego a rodearnos de guijarros, uno de los más deslumbrantes poetas de la generación nacida en los setenta. Era Willmer Echeverri, un juglar en ruedas de patín que se prendía de los autobuses como una lagartija y que se parecía – por su rizado cabello de oro – al cantante Klauss Meine, de la banda alemana “Scorpions”. Lo traigo a colación porque es ahora – que vino a acompañarme en este tránsito, a su modo – donde más y mejor conoce uno a los amigos.
Echeverri no sólo conoció a mi abuela, bebió del preciado brandy que obsequiaron en la ahora para mi legendaria casa “Quiebracanto”, sino que gozó cierta complicidad y alcahuetería de la abuela y probó también un poco los regaños mínimos que una mujer consciente de lo que significa ser poeta en un país de oprobio, podía proveer.
En algún momento llegaron otras lecturas públicas de poemas, frecuentes apariciones en radio y televisión y una que otra publicación en revistas literarias, lo cual tenía siempre una dedicatoria implícita a mi cómplice de siempre. Estas fueron efímeras emociones compartidas siempre con la abuela; cosas que se comparten una sola vez en la vida y se hace con la plenitud de quien abraza el cielo de junto, con el mejor amigo.
En la derrota del amor, fue ella quien vino de ese cielo de al lado a contemplar la dureza de esos días, cuando lo sólido se había derretido y lo monumental se había vuelto deleznable. Llegaba muerto de luchar en la ventisca, con el alma tijereteada por “una mujer que no escuchaba” y aunque me dejaba oir una y otra vez los blues que escribí en otro lugar, bajo una noche iluminada, aborrecía que pasaran ahora tan rápido los días y que en efecto “los ruidos se devuelvan, dando giros hacia atrás”.
Con el tiempo la herida se había ocultado y los compañeros de la generación literaria se perdieron en el tiempo y en las rencillas; los poetas de Piedra se volvieron de Cielo y los de la generación desencantada regresaron al anonimato, pero fueron siempre las presencias que venían una y otra vez en los periódicos, en la radio o en la televisión, para gusto o disgusto de mi abuela quien les reconocía fácilmente– aún envejecidos – en las páginas de esos recorridos mediáticos y que finalmente eran el tema de largas reminiscencias de lo que he contado y de un sinnúmero de eventos más.
La abuela sabía, por ejemplo, la raíz de la torpe enemistad mía con el poeta Juan Manuel Roca. Era justa e imparcial. Todo se debía a un olvido en los créditos de agradecimiento a los presentes, al finalizar el evento de lanzamiento de un número importante de la Revista “Puesto de Combate”. Mi abuela subrayó siempre ese evento; una omisión torpe que el poeta tomó como ofensa personal, alevosa, arrogante y quizá retadora de mi parte, pero que simplemente fue un omisión momentánea por culpa de los spots aturdidores suspendidos en el techo del teatro. No obstante, el poeta nunca perdonó la impertinencia.
Sin embargo y también en lectura pública compartida con William Ospina y Federico Díaz-Granados, Juan Manuel Roca espetó el tema de los vampiros – metáfora considerada novedosa en la poesía colombiana por parte del lingüista, crítico literario y también poeta, Oscar Piedrahita González – diciendo que ya él mismo la había usado treinta años atrás, procurando borrar así el balbuceo de mi propuesta poética inicial: la figura del poema – vampiro.
Ospina salió en defensa del joven literato agredido y zanjó lo que se pudo haber convertido en una de las batallas campales que han hecho famoso a Juan Manuel, la Roca en el zapato para más de uno. Mi abuela le tomó entonces un aprecio inusual a Ospina y recientemente lo encontramos en Usaquén, intentando cruzar la carrera séptima, de brazo con dos abuelas y cargando un pastel de Nicolukas. Ella quiso saludarlo, pero era un momento singular y embarazoso, para todos.
Veníamos de alguna de sus consultas médicas en la sede del Hospital Militar de la 119. Nos escapábamos de vez en cuando a tomar un capuchino con croissant, después de alguna de esas interminables perlas del rosario de citas o simplemente dábamos una vuelta en el Ford 96 de mi papá, uno de los hijos más dedicados y abnegados que jamás alguien conociera.
En esos encuentros divagábamos entonces acerca no sólo de poetas, claro, sino también de rockeros conocidos como Fredy Morales, quien fuera guitarrista de planta de Shakira y de Cíclope y quien siempre le enviaba saludos o preguntaba por ella. Sabía de los “negacionistas”, de Pablo Estrada y Larry Mejía y le emocionó vernos juntos con el mundialmente reconocido periodista Guy Talesse, en una fotografía reciente en el Festival F-11 de la Revista “El Malpensante”.
Alcancé a leerle algunos apartes de la novela “Ursúa”, reciente publicación de William Ospina y hablamos de “La Nostalgia del Melómano”, la primera novela de Juan Carlos Garay que a mi juicio cumple a carta cabal con despertar el sentimiento que reza su poco inquietante título. Consecuente con la emoción de esa lectura, decidí volver a mis viejos acetatos y es así que re-encontré a Jimi Hendrix y a “Weather Report” recostados en poetas como Gonzalo Rojas, Aquiles Nazoa y León De Greiff, prensados en la “Casa de Las Américas” de Cuba. Nos pusimos con la abuela una mañana no muy lejana de este año, a escucharlos completos, ininterrumpidamente, y eso le trajo memorias frescas (a pesar de décadas allí reflejadas) de nuestras deliciosas incursiones a la fonoteca de la Casa Silva que en los noventa custodiaba Margarita Contreras.
La abuela era muy buena en cuestiones de memoria. Era como un fonógrafo dulce hecho abuelita a quien había que darle poquita cuerda para escucharle: la cuerda de un atisbo, un olor, una pregunta. Venían entonces por oleadas los recuerdos orales de los años treinta o cuarenta, como cuando mataron a Gaitán y esa voz corríó por todo el pueblo de ella, como un escalofrío.
Recordaba sus años y sus días de infancia con una sorprendente lucidez y los paisajes en el campo de tabaco en Zapatoca, en Santander del Sur, eran tan vívidos, que acaso uno lograba percibir el olor de los capotes de la planta seca que después fumáramos en reuniones navideñas o que yo repartía como un objeto exótico entre amigos.
Los ancestros de mi abuela fueron como ella, cultores de tabaco en plantaciones del sur de Santander, y su madre Filomena parecía que era un hada musicante entre musgos y sueños atrapados en la plantación. No hablaba mucho de su padre, un hombre magro y mucho mayor que su esposa a quien temían en las noches de retorno a la casita de campo. Rezaban todas las noches ella y sus muchos hermanos y en alguna de esas sesiones se escucho la batahola de la muerte que rodaba en fuego verde por entre los campos plantados del de la gigantesca hoja de donde saldrían “chicotes”. Narraba mi abuela en las noches bogotanas de los apagones, esa historia tétrica de cien esqueletos rodantes que se veían venir a los lejos y que en dos segundos pasaban juntos hechos una sola borla por el portal de la casa campirana, arrasando con todos los que a esa hora transitaran “el caminito rial” que llevaba a las parcelas de plantíos. La leyenda de la luz de guatiguará fue el espectro refrescante que acompañó mis noches de petrificado amor por espantos, vampiros, lobos y murciélagos que han poblado desde entonces mis acequias y mis ruinas de pasado estelar.
O cuando estropeó quizá su único juguete de la infancia: una muñeca de caucho de tan tierna pero provocativa estampa, que ella –ignorando el perjuicio que esto haría a sus pocos días de juegos y escarceos infantiles – la mordisqueó copiosamente dañando así la lozanía de unas mejillas rozadas logradas por algún juguetero dedicado.
Aunque adoraba a los animales, de niña jugaba ingenuamente con polluelos que terminaban ahogados por asfixia provocada, pero también trepada en un árbol halló alguna vez a una serpiente y fue de allí que provino su resuelto miedo a ellas, una fobia tan monumental que incluso temía verlas en televisión o cuando un bromista le llevó una costosa réplica a su lugar de trabajo y que ella destrozó por reacción e impulso natural, al tratar de quitársela de encima.
Comía guanábanas y el rastro de la fruta en el camino o en su ropa, delataba sus andanzas cuando la había enviado su madre a otro menester de campo o pueblo; ella insistía en que las frutas la llamaban y que las encontraba abiertas y olorosas, sumamente maduras. La abuela venía de otro tiempo, de eso no hay duda, pero uno podía verla actual y de vanguardia, tanto así que le celebraron y conocieron entre artistas, cosa rara en este tiempo enrarecido por espectros verdaderos y serpientes delicadas.
En el servicio de la Iglesia prendieron luces navideñas y el sacerdote pensó que no era lo adecuado y lo dijo en público, pensando en el solemne rito para una mujer religiosa y de sobra espiritual, desprendida del inútil lastre de la vida o de la pesada carga de las cosas y de los objetos del mundo. Iba de viaje; ella iba de pasajera, pero su equipaje nunca exedía lo que pesa la sonrisa, lo que abarcan los abrazos, lo que ocupa una oración o lo que consume una velita. Por eso se fue leve – como en vida – hacia el otro plano elevado de conciencia, aunque no supiera de mantras o de meditación a la manera de los lamas. Eran suficientes oraciones que colgaba en la ventana o debajo de la ducha, para cuando volvíamos todos de la dura afrenta de los días… nosotros, que a veces nos hacemos tan pesados y tan vulnerables.
Se despidió de todo y de todos, con la sonrisa de un ángel en pantuflas y aunque refunfuñaron los extraños que vinieron de visita desde lejos por que yo no estaba justamente a su lado en el minuto exacto de su deceso, que sepan ahora que la celebré en vida, que bailamos vals y rock n’ roll en navidades pasadas, que leímos poesía sin cansarnos, que fue mi ángel protector de madrugada o en las noches de terror que ya se han ido o que fue mi radioescucha favorita (en un momento que pensé que nadie más me escuchaba) y que ya nos habíamos despedido la noche anterior con uno de esos guiños inenarrables que sólo suelen darse en la tarima, tañendo cuerdas o soplando cobres, los músicos, en un secreto idioma que sólo hablan pájaros y otros seres alados. Y es que ella siempre será parte de la orquestación con alas que hay que hacerle a la existencia, para llevar cada vez menos cajitas amarradas con cordeles y cabuyas y ser cada vez un poco más cercanos a lo leve.
Que sepan que éramos uno solo. Que jugamos siempre a hallar la ruta del tesoro. Que fuimos siempre religiosos viendo el ojo de un pez o escuchando el silbido de las aves de mañana. Que creíamos en estrellas y en galaxias duraderas, en el amor y en la existencia como tránsitos, en las invenciones y en la fe de lo que nunca vimos. Que creímos en fábulas y en lugares imposibles, que veíamos experiencia en la piedra del camino y que nos colamos por justos en la inocencia y que por ello nos infiltramos juntos entre poetas.

martes

NEGACIONISTAS EN LA U.NACIONAL

Fuimos en bicicleta hasta la Universidad Nacional, pues nos gusta y pensamos que era lógico hacerlo de este modo con cierto tono de irreverencia con una tropa de visionarios, de nómadas, de hombres de a pie y viajeros. Éso al menos es lo que su poesía parece transmitir con sus alusiones o con sus directas conclusiones. Ellos se hacen llamar los Negacionistas. Realizamos una entrevista con el mayor (en edad) de todos ellos y esto fue parte de lo que nos respondió. (colectivo RADILA)
COLECTIVO RADILA: ¿Qué es esto del Negacionismo?
RAFAEL SERRANO: El Negacionismo es una propuesta novedosa en el panorama de la literatura local. Básicamente los percibo como un grupo breve pero muy representativo de jóvenes que están realizando el ejercicio de lo escritural e incluso ejercen la crítica, comparten las lecturas... digamos que son como un organismo autótrofo (ellos dirían que onanista) y aunque leen a otros, prefieren normalmente el ejercicio saludable de la autoreferencia pero con sentido crítico. Al menos recurren al encuentro, al autoreconocimiento de si y de su obra en marcha y han rescatado la tertulia y los sistemas de correción de textos colectiva, como un taller de poesía.
Uno de ellos, Pablo Estrada goza de una clara...mmm, digamos lucidez conceptual y lleva un poco la directriz del asunto. Fue formado en la facultad de Literatura y supongo que eso mismo le ha ayudado en su carrera como escritor para narrarse como tal, con el aumentativo de haber sido hijo de un prestante, culto y reconocido librero. A él podrían preguntarle mas cosas sobre el Negacionismo... lo conoce mejor, porque se lo inventó, es un hombre sumamente lúcido y organizado, con claridades y también con muchas preguntas; además es muy divertido y leer o escuchar lo suyo también lo es.
¿Negacionismo no suena como a Nadaismo?
Puede que a muchos les suene y en efecto el narrarse como ismo tiene muchas implicaciones, entre otras la de proponerse como vanguardia y todas estas cosas. Entonces quizá un público, por demás silente y casi invisible, saltaría a la palestra para abuchear a la grupa. Hasta el momento los Negacionistas no han hecho ningún escándalo público, ni bochornoso de trascendencia al menos local...¡aunque lo han propuesto deliberadamente y han cazado varias peleas! (risas) Y es que este tipo de cosas es lo que espera la gente...pero no, ellos están muy concentrados en el tema de leer, corregir, leer, corregir, conocer a otros y asuntos similares. Y la verdad es que han comentado -esto es una infidencia- la intención de cometer acciones que los vuelvan centro de atención y mira de francotiradores.
Entonces ahí es donde entro yo para enunciarles en primer lugar que esto o aquello ya se hizo años atrás y termino sugiriendo que volver a la concentración que debe ser natural, en los libros, es lo mas saludable de todo.


Cecil Taylor at the Beat Generation Conference

jueves

NEGACIONISTAS EN LA FAUNA LITERARIA

Para contribuir a cierto caos religioso que esta página contiene, agregué un video de Eric Burdon. ¡Blues!: justo aquello que a los negacionistas no les gusta (por lo menos no a Estrada) y que sería la banda sonora de sus escapadas hacia el fondo de la noche. Revisen la Invitación que hay aquí, el video, los poemas y la coda: un texto que escribí para presentarlos en la Casa de Poesía Silva, hace cerca de un mes y medio atrás.
De igual modo, celebramos la reciente publicación de algunos textos de los jóvenes poetas en el suplemento literario del diario venezolano DE FRENTE, gracias a la diligencia del poeta ORLANDO PICHARDO. ¡Enbuenahora! Rafael Serrano

Tabacco Road - Eric Burdon and the Animals

miércoles

POEMAS Y POETAS DEL NEGACIONISMO

Leo por estos días un divertimento. Importante como las obras de Foucault, Deleuze y Bergson, estoy dedicado a un bello texto conservado bien (quizá por los alcoholes que por él han resbalado) y es que se trata de un texto mas bien antiguo, con mas de cuarenta años de haber sido editado, y que da cuenta de quiénes fueron los poetas de "La Gruta Simbólica".
Insignes bebedores de aguardiente, estos poetas no solamente libaban de una calavera, sino también de una serpiente de caucho que daba la vuelta al cuarto en el cual se reunían con la periodicidad de un buen amante y de sus fauces de cobre brotaba hace ya casi un siglo, el prohibido líquido, tan caro a los graciosos bardos.
Esto sucedía en la casa número 203 de la carrera quinta, en Santafé de Bogotá, un caserío dado a la maledicencia y al cuchicheo rencoroso. ¡Como en nuestros días!
Cerca de allí se reúnen hoy día los poetas del Negacionismo. Una grupa breve pero intensa, contradictoria pero firme, llena de dudas y de problemas, como los ilustres ancestros, aún sin visibles soluciones, pero con propuestas.
Son tres jovencitos: burlones, brillantes, chispeantes e ingenuos (si no fuera de ése modo, jamás habrían logrado entrar en poesía, al decir de Pellegrini)
Por lo pronto publicamos una muestra breve de dos de ellos e invitamos al encuentro que tienen este próximo viernes 25 de mayo de 2007 a las 6:30 p.m. con motivo del lanzamiento del libro de Fermétedes Contreras, titulado RECAÍDA EN EL MISMO SUEÑO. Esto será en la Galería Café Casablanca en el barrio La Candelaria, en la Calle 15 no.4-12
Tiempo de tertulia con estos jóvenes escritores, in memoriam de la Gruta, por divertidos y virtuosos y amén de los malos conjuros que algunos coetáneos lanzan sobre esta muchachada.

PABLO ESTRADA


¿PARA QUÉ POETAS?

¿Para qué poetas
si hay médicos, ingenieros y abogados
ejecutivos, secretarías y empleados?
¿Para qué poetas
si hay día del amor y la amistad
y nochebuena durante navidad?
¿Para qué poetas
si no han declarado
otra guerra mundial
ni han iniciado
una dictadura militar?
¿Para qué poetas
si hay cáncer y sida
y cómo clonar la vida?
¿Para qué si
hay toda clase de drogas
nirvana, karma y yoga?
¿Para qué si hay donde sea dementes
bisexuales, neonazis e indigentes?
¿Para qué poetas si hay putas?
¿Para qué poetas, para qué
si hay tantos canales de t.v.
reality shows e inertenet?
¿Para qué poetas?
¡Para qué!
¿Para qué diablos?
¡Ah, ya sé!
Para que los pobres críticos
tengan de qué vivir
y no se vean raquíticos
cuando vayan a morir.


21
Soy un joven descompleto
con rubor suicida
y labios humeantes
a veces ruego por la salvación
de mis ancestros
pero nadie me escuchó
el silencio susurra palabras sordas
que mis oídos necios desvirtúan
la rubia navaja acaricia mis temores
y calma mi soledad ambigua
palpo rocas virginales
luego siento acidez neural
–faltan faldas destiladas–
sin sombreros urgentes
tramo a tramo
quiebro espejos
dilato sombras
prefiero los besos fritos
que los revueltos
veinte
y uno.
PD: Eludo reclamos y milagros
creo en sonidos distorsionados
y ruidos estridentes
sigo deambulando hasta la muerte
en este sonámbulo
andar sin visiones.




JULIÁN MOLINA


HALANDO FIBRAS ORGÁNICAS

sacudo mi cabeza

permanezco sólo e inmóvil
esperando olvidar

dormido
después de llorar

algo se tambalea en la memoria
inútil y disimulado

el tiempo no se cura a si mismo

EL RITUAL HA TERMINADO

He tenido nuevamente ganas de amarte

he tenido una ligereza en la conciencia
así que mañana mismo
podemos comenzar

mañana mismo
podríamos continuar
destilando entre lo inerte este cáncer colectivo

este vapor de asfalto
que un día nos asfixió

pero en este instante se me escapa la palabra precisa
así que por ahora no puedo exhumarte

no puedo empezar a desarmar
las vértebras de esta nostalgia

lo admito

aun quiero tocar el fondo
de las líneas de tus manos

pero parece ser
que la metamorfosis
ha tomado otro camino.



lunes

NEGACIONISMO Y OTROS GRUPOS LITERARIOS

Por Rafael Serrano

El autor del siguiente texto fue invitado, como él mismo lo cuenta, por el grupo de poetas jóvenes autoproclamados como "negacionistas" para que los presentara en la Casa de Poesía José Asunción Silva, el pasado Viernes 27 de abril de 2007.Aquí la reproducción del mismo.

Estamos aquí reunidos para celebrar una vez mas la poesía, la literatura -si ustedes lo prefieren- o la vida misma, como quiera que sea el conjunto de elementos de un naufragio: objetos raros que acaso sean exactamente guiños, o fragmentos de una totalidad, astillas de lo que crujió y sobró mas allá de las tormentas. Estamos aquí reunidos para nombrar a una grupa de muy jóvenes escritores que se han autoproclamado “Negacionistas” y con ello quizá estemos frente al último de los ismos pretendidos mas allá de la muerte de la imagen y en la mitad del caos presentido y que muy a su pesar, como en una suerte de raro calambur, son la paradoja y la contradicción propias de este tiempo, pues precisamente en sus actos simbólicos de negación, es cuando mas afirman su trino trágico, su destino inexpugnable.
Me han invitado a leer poemas propios como coda de los suyos, esta noche y para que haga esta breve entrada a manera de bienvenida. Para empezar la discusión o abrir el interés en la importancia que puedan tener los gregarismos en la creación literaria, me han permitido hacer una referencia sucinta sobre los grupos literarios locales mas recientes, posteriores a la llamada generación desencantada o generación sin nombre que Juan Gustavo Cobo Borda refiere en su “Historia de la Poesía Colombiana”, en contraste con algunos autores nacidos en los años sesenta y setenta que están ahora mismo en búsqueda de un reconocimiento a través de obras en cocción: libros primerizos, letras ventilándose en la noche de la desprevención, versos madurando en el áspero forcejeo de este tiempo al que parece que nada le sorprende.
No se trata, por la brevedad misma de este encuentro, de un estudio docto ni mucho menos minucioso y mas bien sea la mínima reseña inicial de un panorama que no se había ventilado antes mas allá de los corrillos literarios, que por supuesto hoy día no ocurren en los aburridos cafecitos del centro de la ciudad, sino en los movidos bares de música electrónica, rock n’ roll latinoamericano o algún apartamento de alquiler en Chapinero o en Kennedy.
Del post desencanto a los talleres literarios
A mediados de los años ochenta deviene entre un grupo de jóvenes nacidos entre el 65 y el 75 un remarcable interés por la poesía y por el acto de intentar escribirla tan intenso como encomiable y ello está enmarcado entre la posibilidad de entrar a la vida académica universitaria, el agónico suspiro de las revoluciones, la caída del muro de Berlín, la perestroika y el temor y la desconfianza de salir a deambular por la ciudad, debido a las bombas del narcotráfico.
Este entusiasmo por leer e incluso por escribir es avivado por la creación de una Casa dedicada por entero a la poesía, con biblioteca especializada y sala de lectura, librería, sala de conferencias y una nunca antes oída, sorprendente fonoteca. Con ella vienen entonces una serie de clases magistrales guiadas, en su primera cohorte, por los poetas que en aquel entonces las Lecturas Dominicales del periódico El Tiempo publicaba y denominaba “jóvenes”: estos son entonces algunos de los representantes de la generación desencantada: Nicolás Suescún, Harold Alvarado Tenorio, Jaime García Maffla y Juan Manuel Roca.
Un libro con entrevistas breves y una muestra de poemas hecho por Rosita Jaramillo (Oficio de Poeta,1978) había dado cuenta de ellos. Entre la muchachada que para 1986 lejos estábamos aún de cumplir 18 años, nos eran familiares otros varios poetas como Darío Jaramillo Agudelo, Giovanni Quessep, María Mercedes Carranza, Oscar Piedrahita González, Alvaro Rodríguez Núñez, José Luis Díaz – Granados, Néstor Madrid Malo, José Pubén, Henry Luque Muñoz, Omar Ortiz, Edmundo Perry, Jaime García Maffla, Raúl Gómez Jattín, Guillermo Martínez González, Armando Orozco, José Manuel Arango o Mario Rivero, sin descontar a nadaístas como Jaime Jaramillo Escobar, Jotamario o Elmo Valencia entre muchos otros.
De aquellas clases magistrales que se conocieron como los “talleres de la Casa Silva”, surgirían algunos grupos literarios que aunque han sufrido las fragmentaciones y los avatares propios de una época de reveses, mas las insospechadas luchas del intrincado carácter de lo humano, son una única muestra de cohesión en torno a la creación literaria y el ejercicio editorial de los años mas recientes.
Ellos son el grupo de la revista “Común Presencia” liderada por Gonzalo Márquez Cristo quien deslumbró por aquella época con su libro “Apocalipsis de la Rosa” y el grupo en torno a la Revista “Ulrika” dirigida por Rafael Del Castillo. Con estos grupos se logran algunas fracturas importantes en el lenguaje y en los temas, pues comienzan a contar la ciudad que desborda la muy focalizada y decimonónica ciudad del Café Automático o El Cisne, para volcar la mirada desde la periferia en barriadas como Kennedy o Centro Nariño. En particular algunos miembros de la Revista “Ulrika” proponen ese acervo y no niegan su devenir –aunque ilustrado en la universidad pública- provinciano y de ahí los temas a desarrollar. “El Montallantas”, emblemático libro de poemas de Robinson Quintero, no intenta elucubraciones mas allá de su propia infancia y su realidad en el taller outsider de su padre, al lado por supuesto, de una carretera. De igual manera Del Castillo en su poema “animal de baldío”, no se atreve mas allá del universo vibrante en un lote cercado mientras una bestezuela pace en ese confín. Mauricio Contreras celebra y emula en su mas reciente libro, al perro que se despereza a la luz del sol de un nuevo día mientras menea la cola. En Armando Rodríguez Ballesteros las moscas describen “figuras caprichosas en el aire”. Y cantan juntos a la amistad y a la embriaguez, inevitables, a pesar suyo. Aparte de los mencionados y de John Fitzgerald Torres –miembro original de los llamados “ulrikos”, Gustavo Adolfo Garcés, Joaquín Mattos, Orinzon Perdomo, los hermanos Fernando y Guillermo Linero, Juan Carlos Galeano, e incluso Victor Gaviria, hicieron parte entre varios otros poetas, de esa cofradía que tiene en su haber logros importantes como las varias versiones de un encuentro internacional de poesía que trajo hace casi diez años, por ejemplo, al maestro chileno Gonzalo Rojas e intentó por contacto y a través de Jotamario Arbeláez, traer al legendario poeta beatnik Allen Ginsberg, poco antes de su muerte.
Una nueva “generación del 98”
También procedentes en su mayoría de los “Talleres de la Casa Silva” vendría una generación hoy en día dispersa, nacida en los años setenta, de uno o dos libros publicados hasta ahora y, como los de “Ulrika” con poco capital social, de clase media, e ilustrados en la universidad privada, algunos, básicamente en carreras como periodismo o arquitectura. Estos provienen de la música rock, han leído las traducciones de los poetas expresionistas alemanes y se encuentran por primera vez en la misma página de poesía del suplemento dominical del periódico que diez años atrás les había traído noticias de sus ancestros bardos.
En esa página de finales de 1997 aparecieron impresos poemas de Victor de Currea Lugo, John Galán Casanova, Sandra Uribe, Gabriela Santa, Fernando Denis, Andrea Cote, Yesmer Uribe Vitobisch, Jorge Humberto Villanueva, Nelson León, Andrea Bulla y quien redacta estas líneas, que a su vez se impuso como tarea conectar y presentar la pretendida “Generación del 98”, acto generoso a través del cual José Luis Díaz-Granados propone una posible vinculación generacional entre los mencionados y su hijo Federico, quien acababa de publicar su primer libro, “Las voces del Fuego”.
Nos propusimos entonces encuentros semanales que apuntaban a recobrar nuestra propia historicidad (la local y la universal), recobrando lecturas, discutiendo vanguardias, compartiendo autores que para unos eran familiares y para otros novedosos. Nos propusimos presentarnos en diversos lugares como grupo literario, haciendo algunas performancias, libando de una calavera al estilo de la gruta simbólica de Jetón Ferro y Julio Flórez, leyendo manifiestos de creación colectiva o pretendiendo la muerte de la rígida razón, diseccionando vísceras en público. A la Feria del Libro de 1998 fuimos con la intervención de dos modelos desnudos que caminaron sobre pétalos de rosa y un tapete rojo y en la Alianza Francesa organizamos ciclos de lecturas de poemas con invitados para la interlocución, del peso de Juan Manuel Roca y William Ospina.
Esta fue una generación de referente icónico. En cambio de cobrar distancia de los autores de mayor influjo, se les hizo eco y se les amplificó y teníamos lugares comunes, personajes afines para cantar y celebrar: Jim Morrison, Arthur Rimbaud, Alejandra Pizarnik. Pero de la simpatía por el rock provino entonces la posibilidad de cantar al estilo lúgubre de la tendencia “gothic”, para ensayar una estética rumorosa entre lo lúgubre y lo simbólico de un mundo expectante.
Vitobisch dice en su “Poema del circo y el infierno” que “es maravillosa la hora después del espectáculo” en el circo, pues este es también: “una sala de urgencias, un cementerio, apenas una puerta entre la risa y el espanto”. Aunque no sea necesariamente novedosa la aparición del vampiro en literatura, la expresión metafórica del poema vampiro atravesó a esta grupa como un dardo o como una estaca.
Humberto Villanueva era, sin saberlo, de la estirpe de Rilke o de Attila Joszef; es decir, los poetas videntes capaces de percibir a profundidad la existencia y predecir su muerte. “El equilibrista” es el nombre de su único libro de poemas y en el texto del mismo nombre en el que aventura una inquietante metáfora del desasosiego y la caída sin remedio, el poeta explica porqué, aunque la familia del personaje que habla en primera persona tiene un circo, nunca él pudo involucrarse como fonomímico o payaso, pero prueba suerte en la cuerda floja hasta que un día dice “he dedicido perder el equilibrio”. Villanueva, en efecto, cayó al vacío en diciembre de 2005 desde un techo de dos aguas, en una casona chapineruna, mientras intentaba malabares en su bicicleta, arriba en ese techo de barro.
Negacionismo: estética en curso
Pienso que un día se van a borrar los prejuicios temporales y hasta estéticos entre uno y otro grupo literario medianamente cercanos en edad. Pero ése es quizá demasiado otro asunto. El “Negacionismo” es diametralmente opuesto a sus predecesores inmediatos.
La pregunta abierta entonces es, hasta este momento, la del porqué y para qué un grupo literario en tiempos aciagos, en tiempos en que es inútil –mas que nunca- el acto de escribir. Unos versos de Pablo Estrada lo confirman: “¿Para qué poetas/si hay cáncer y sida/y cómo clonar la vida?/¿Para qué si/hay toda clase de drogas/nirvana, karma y yoga?/¿Para qué si hay donde sea dementes bisexuales, neonazis e indigentes?/
Para referirme al “Negacionismo” me distancia, para fortuna de todos, mas de una década en edades y escasamente me une con ellos una lectura de sus poemas y ligeramente mi perdido gusto por su vigente amor hacia el heavy metal. Algo de lo mas saludable posible: la serenidad de la distancia. Se me ocurre que tampoco engrasan sus cabelleras como lo sentenciaba Rimbaud, ni que son muy peligrosos, como decían los nadaístas. Sí están emparentados con la vanguardia, lo explican en sus manifiestos, pero entienden que las vanguardias murieron. A través de la negación se explican y en efecto, como aventuramos en un comienzo, les preocupa la historicidad. Anotan en su manifiesto titulado ¿Qué NO es el Negacionismo? Lo siguiente:
El negacionismo NO es un nuevo movimiento literario.
El negacionismo NO es una corriente estética o un estilo artístico.
El negacionismo NO tiene orientación ideológica alguna.
El negacionismo NO tiene principios o finalidad.
El negacionismo NO tiene sentido.
Y tampoco es absurdo.
Nadie conoce el negacionismo.
Julián Molina privilegia los aforismos que acaso incluyen una lectura interior e interna de su grupo, de su época y de su generación, muy al estilo de la “modernidad líquida”, donde hay condena y cada quien está sometido a lo que se merece. Escribe Molina:
El capitalismo es un laboratorio de control de calidad de vida.
Las oficinas son prueba contundente de la civilización...¡Cómo se han humanizado las mazmorras!
La idea de la salvación la persigue todo aquel que no es capaz de sentenciarse a vivir por sus propios medios.
Existen sólo dos senderos que no se ramifican: La perdición y la salvación.
Un mundo a nuestra imagen y semejanza es la negación del mundo.
Los negacionistas devienen rockeros y es algo que hacen evidente, pues se presiente el eco, la mimesis del artista que presenta la apertura de un concierto y hasta parece haber encantamiento por ello, en contraposición de las “estrategias del desencanto” de las que habla Rossana Reguillo. Larry Mejía intenta una taxonomía del lenguaje y de los lugares de enunciación de los objetos cotidianos, acaso para re simbolizar los sentidos y reír de ellos, como en su poema “senti-miento”: “Vive mucha gente en el barrio La Soledad
En La Perseverancia nadie persevera ni alcanza
En El Palacio no hay más que tres mesas de billar
y una carambola de injusticia”
Se hace posible pensar que una afección gregaria en torno a la literatura supone hoy día, tenacidad y anhelo de permanencia y comunidad de emoción, a contracorriente del abyecto individualismo de nuestro tiempo y es el espacio para compartir intuiciones y molestias, en temporada oscura para un ejercicio literario que imita las dinámicas sociales, pues al interior de sus, concentrados, oscuros círculos se hacen señalamientos, se recurre y se da fe a la práctica de la maledicencia, se omite y se silencia al otro, por peleas personales cazadas (o qu otros cazaron por uno) y pocas veces se privilegia el trabajo y la obra en curso.
Escuchemos pues las voces del “negacionismo” una grupa insistente que, de perseverar, serán una voz renovadora en la poesía colombiana.

miércoles