sábado
ALGUNOS VERSOS DEL POETA JAVIER HUÉRFANO
De la extensa lista de poetas que se presentaron el viernes santo con sus lecturas consabidas y su palabrería a veces luminosa, me quedo con uno de ellos, por fuera del convite. No desdeño, ni mas faltaba, al resto del grupo que escuchamos en lectura (casi ritual) desde una de las cómodas sillas que tiene el Museo nacional en Bogotá, puestas en las otrora mazmorras, ahora convertidas en augustos auditorios y salas de exposición.
Era la celebración del “Día de la Poesía” y por ello el conjunto de poetas que participa en el periódico virtual “Con-Fabulación” y también en la revista impresa “Común Presencia”, se valieron de la carretera virtual y algún medio impreso, para convocar allí a los adeptos de siempre, a los curiosos puntuales y a uno que otro lector de versos, cuando menos no simples oyentes de los que van a la Casa de Poesía Silva.
El poeta Iván Beltrán Castillo explicó que la celebración es mundial y que coincide con la noche de Walpurgis: una hórrida noche de luna centelleante en la cual brujos y brujas de todo pelambre salen a buscar ramas secas y yerbas que crecen en el bosque para después hacer sus infusiones, sus hechizos.
Coincidió el asunto con la muerte de Matilde Espinoza, un baluarte de la poesía nacional, que entonces descubrimos que era abuela de Fernán Martínez (el manager de Juanes) y también de Guillermo Martínez González, el editor de Trilce, una empresa incansable al servicio de autores locales, y traducciones de extranjeros.
El poeta a quien me quiero referir con brevedad (para no agobiar a nadie con asuntos que no debieran sonar elogiosos, pero tampoco injustos) de seguro ha leído algo de esa práctica de la “noche mágica”, pero procuraré no intentar analogías con las suyas, personales y casi secretas, para combatir y aliviar los dolores de su humanidad, que por cierto y como siempre desde que lo conocimos, permanece incólume y sobre todo, jovial.
Sobre el evento tuve observaciones triviales, objeciones insulsas y referentes jocosos que no mencionaré y tampoco guardaré para el corrillo. Estos asuntos se vuelven cada vez mas una encerrona y de lo que se trata es de darle rienda suelta a la imaginación, por ello celebro y canto a todos los poetas del mundo. ¡Uníos!
El evento estuvo generosamente concurrido y a pesar del abrebocas de las crónicas de Jotamario Arbeláez, la tensión de la velada no desfalleció y mas bien mejoró notablemente con la intervención, entre otros, de Mauricio Contreras, Rafael Del Castillo, Gustavo Tatis Guerra, Alfonso Carvajal, el mismísimo Guillermo Martínez González a quien hace mucho no veíamos en las figuraciones literarias y también subieron al estrado nombres para mi desconocidos, pero con publicaciones hechas y premios a granel, como el caso (de varios mas) de José Zuleta, hijo del conocido filósofo y ensayista, Estanislao Zuleta.
El poeta en mención no estaba en la lista convocada. Como no ha estado antes en algunas otras. Y eso le divierte cantidades. Aún así, con desprevención total y no por ello fiel al rigor que la literatura exige, ha venido publicando por su cuenta, obras breves pero alucinadas, cada vez más decorosas y de mejor factura tanto en el fondo como en los formatos.
Me lo presentó en 1986 un amigó común que mantuvo por un buen tiempo una revista independiente de modesto tiraje, mimeografiada o fotocopiada, de nombre “Silbos” (la revista) y que fue material de lectura de mis últimos años de adolescencia. Esa noche lejana, sentados en el viejo sofá del pasillo en la Casa Silva, este poeta traía puesto un pantalón verde “biche” y un saco rojo “pasión” (combinación imposible, pero digna de un “poeta joven”) y ello era inusual para la época, cuando el uniforme de poeta era usar botas industriales de color marrón o amarillo, con bluyín, mochila, gabán largo heredado y por supuesto, bufanda. De algún modo se había anticipado a la era del “grunge” y el estilo alternativo, si a ello le sumamos además, su cabello revuelto y su postura afectada.
Recién estrenaba su poemario intitulado “Uno está en el día como dormido” con una nota de Luis Vidales. Desde entonces lo encuentro a él en una y otra y cien formas o matices que la vida tiene: como funcionario, con cabello corto y bien peinado, como desempleado, feliz y lleno de hijos y recientemente, como abuelo (de largo cabello y sin una sola cana), como pintor y ahora, como editor. La mayor parte de esas veces, viene con mucho desenfado, del cual confieso he aprendido mucho, pues el tono en poesía debe ser ese, contrario a la pose o a la genuflexión.
Les propongo pues, la lectura de estos poemas contenidos en su más recientemente libro aparecido a finales de 2006 y que él disculpa tímido pues “hace ya mucho rato que salió”. Acaso sea esto último, otra lección de vida que este amigo nos ofrece, pues presiente uno que los días se escapan como el agua y hay entonces que poner manos a lo obra, pues por encima de las figuraciones, de las rencillas, de los rencores, están estos hallazgos, estas formas del espíritu, esta encomiable labor de los que gozan el verso de raíz. Con ustedes, Javier Huérfano y algunos poemas extraídos de su libro “Quien dijo que la oscuridad no es otra luz” (Bogotá, 2006) -500 ejemplares numerados, firmados e ilustrados por el autor –
Del poemario "QUIÉN DIJO QUE LA OSCURIDAD NO ES OTRA LUZ"
JAVIER HUÉRFANO (Calarcá, Quindio 1959) Colección de Poesía FRIDA, 2006
I
Resisto
en el dolor la terquedad del viento,
pétalo de rosa que sin decir
por ejemplo que hubo amor entre
mis papeles y el largo silencio de un poema.
La tarde de sábado con algo de sol,
tenía ojos de alegría en el beso
puesto para el deseo.
Todo fue miedo de cuerpos vivientes
en los gritos de las bocas cerradas,
palpo en la fatiga de un pequeño incendio
volveremos a la tierra sin desplantar el polvo.
IV
Hago parte de la comedia
testigo y verdugo soy
deposito mi cabeza en la muerta noche
que no sale del terror.
martes
jueves
¿QUIÉN LLEVA MÁSCARAS EN POESÍA?
Bajo el gracioso nombre de “Máscara contra Máscara: ¡Vale Todo!
Nos reunimos anoche, miércoles 13 de febrero de 2008, un grupo
de animados poetas para leer inéditos textos de diversas cosechas
y distintas texturas. Los más sorprendentes quizá por su carácter
enigmático y a la vez pictórico (son cuadros para armar
mientras se degustan) fueron los leídos por Willmer Echeverry.
Delacroix y su impresión de guerra, podrían ser un bello parte para contar qué pasó anoche en la reunión literaria. Asistieron algunos estudiantes de lingüística de
No era el frío lo que ajejó al resto del público, sino más bien que allá, en
El asunto en poesía, es que deben pasar muchas cosas: deben pasar todas allí mismo y el vedetazgo, se queda para unos pocos. Aquí sí podemos hablar de obras en marcha, de limpia luz sin ir a tientas, de grafías enigmáticas y detonantes de una lucidez, al decir de René Char, el poeta francés de la resistencia, que está mas cerca al sol.
Nos reunimos, pues, ingenuamente, a esperar el público que previamente habíamos convocado sin afanes, entre amigos. Pero llegaron devotos nuevos a escuchar qué es lo que se viene fraguando, pasando por alto a Juan Gustavo Cobo Borda, a Darío Jaramillo Agudelo, a Ramón Cote Baraibar y a Juan Manuel Roca. Y se fueron satisfechos.
A ellos los encuentran en vidrieras, a nosotros, frente a ellas, tratando de romperlas. En el extracto de su poemario “Y los Perros Aprendieron a Cruzar
Ya no vuelvo entonces a preguntarme ¿para qué la poesía? (haciendo eco a cierto poema de Pablo Estrada) pues vuelvo a casa convencido que es esto para el deleite de los sentidos, sin mas ni qué, sin limpiar las botas de las editoriales.
A Larry Mejía se le ocurre ahora que sería bueno alquilar un lugar como el de Manuel Giraldo (el escritor que nos acogió en su casa anoche) y formar un colectivo en el que estemos todos y que sería la casa de los que antes tropezaron con barreras.
Los soldados que pintó Delacroix, han robado piezas del uniforme militar que hallaron entre cuerpos sin vida, en la dantesca escena. Nosotros, en una suerte de Golem, nos levantamos sobre esta tierra de desdenes, a otear el horizonte.
Manuel Giraldo, réferi en el encuentro poético que llamamos “MÁSCARA CONTRA MÁSCARA: ¡VALE TODO! comenta que está intentando gestionar la publicación de una antología de los escritores que han pasado por su café libro “DE SOBREMESA” y que la idea fue bien acogida por Mery Yolanda Sánchez, secretaria de la gerencia de literatura en el viejo Instituto de Cultura.
Echeverry recuerda que hace casi 20 años atrás hizo por última vez una lectura pública de sus textos. Eso por elección, pues aunque se codeó con el séquito de Roca y fue publicado dos veces en el extinto Magazín Dominical del periódico El Espectador ( en donde muchos de los de la generación de ésa época lejana queríamos aparecer con nuestros textos) escogió concentrarse en sus lecturas y en su oficio de poeta y de artista conceptual, con buenos resultados.
Willmer Echeverry dará mucho de que hablar en estos próximos meses. Lo aseguro. Me endilga culpas magníficas a mí, que no he hecho otra cosa que animarlo a publicar, justo en el momento en que las puertas editoriales son tan difíciles de convencer para publicar hombres del común, como nosotros, o que la única oportunidad de engrosar un catálogo se haya ido con el posible viaje de Fernando Denis, fuera del país (Denis, un buen poeta metido de editor recientemente).
Si alguien se llevó la máscara de la poesía, sin duda fueron los asistentes, innegables ganadores. Nosotros, la bonita honra de un sencillo homenaje a nuestra búsqueda estética, de espalda a lo que sucedía entre tanto en el otro cuadrilátero.
De fortuito nos hallamos juntas dos generaciones apenas subsiguientes una de la otra. Pablo Estrada con música de fondo, Larry Mejía con las manos heridas por macetas y cinceles, Rafael Serrano con sus espejismos de úpiros alados y Willmer Echeverri, un poeta de talla abstracta, el último de los poetas de la imagen, un pintor que ríe como reía Delacroix, de los horrores.
HOMENAJE A HUMBERTO MONROY
Un homenaje a la banda pionera del rock colombiano y a través de este, un modesto homenaje a su gestor, “el maestrico” Humberto Monroy, nos deja varios sabores en el alma; lo que fue, lo que ocurrió, lo que pasó luego de la tormenta y una herencia, en palabras del mismo músico, para decirles a los hijos que ahora él es “pasto para bestias”.
Se realizó el jueves 7 de febrero en el café libro internacional De Sobremesa, de propiedad del escritor Manuel Giraldo, Magil, en frente de las Torres Blancas, en el centro de Bogotá, un homenaje al rock nacional tan sencillo y con tan pocos asistentes que puede uno creer que esto del rock nacional es cosa de iniciados o de voyeuristas minuciosos.
Aunque buscaron invitar a Cosme Castañeda, músico de planta de la banda más emblemática de los inicios del rock colombiano y que se previó que parte de la presentación la hiciera el célebre Dr Rock, de nombre Gustavo Arenas, sólo rendimos tributo a esa memoria esencial de la historia colombiana, un puñado de amigos –entre curiosos y desentendidos– al son de unos arreglos magníficos que el dueto a cargo preparó para la ocasión.
Me pregunto en qué momento y porqué, la historia del rock nacional se volvió un asunto fragmentado, anecdotario incierto de rumores e imprecisiones y cómo es que ante tan íntimo y delicioso contenido textual e instrumental emprendido hace cuarenta años por el grupo de Monroy, esa obra no es siquiera pieza de colección en el país y en cambio sí es un bocado de cardenal para aficionados furibundos y coleccionistas ansiosos en mercados de México, Estados Unidos y Europa, fieles a lo que hoy llaman “vintage garage bands”.
Un dueto singular, acendrado en las composiciones de Humberto Monroy, cantante y fundador de dos de las legendarias bandas pioneras del rock en Colombia (Los Speakers y Génesis) fueron el centro de una noche efímera pero animada, que quizá no se vuelva a repetir, a pesar de lo que algunos quisiéramos para bien de la memoria de este territorio del desdén que se llama Colombia.El acertado, buen bajista, Alfonso Chacón (Pocho) y el legendario baterista Jorge Latorre (KCh), ahora metido de cantante y guitarrista, ofrecieron uno de los recitales que deben quedar para la memoria, por cierto endeble, de las buenas cosas que le pasan a esta ciudad y a este país.
Latorre rememoró varias de las canciones que hicieron famoso al grupo musical que tan famoso fue desde los sesenta y que en su mayoría son composiciones originales del mencionado Humberto Monroy. Para la docena de asistentes, estos temas resultaron una balsámica expedición hacia la a veces llamada por expertos “década prodigiosa”. Para algunos de ellos, descubrimiento, para otros, memoria, para los menos, intriga.
El rock en Colombia nació en la casa del un poco nervioso vocalista, Jorge Latorre, como él mismo lo ha contado varias veces y el discreto titubeo lo hizo notable esta vez, pues su costumbre y vocación está especialmente en la batería y no en las posiciones de acordes aprendidos quizá directamente del mismísimo Monroy.Cuando Latorre me invitó a su apartamento de un lejano 1996, en el barrio Bochica, en el noroccidente de la ciudad, lo más notorio al ingresar allí en ese entonces no fueron los acetatos de las bandas con las cuales grabó durante décadas agitadas, ni las flautas que se registraron en esos mismos surcos, ni el sombrero de Carlos Pizarro (tesoros todos que conserva con fidelidad a ideales y a historias pretéritas) sino el libro dispuesto en el sofá como quien lo ha dejado allí para un pendiente de cosas por hacer: un método que decía: “Cómo Tocar La Batería”.
Le pregunté entonces el porqué de un libro así en poder de un veterano de los tambores, probado en innumerables escenarios y con más de una decena de grabaciones profesionales en su haber y entonces me respondió que un músico jamás debía parar de estudiar, incluyendo los rudimentos que creía asegurados.El hallazgo fue feliz y me tranquilizó, pues también yo era y sigo siendo, un estudiante incansable, a quien le falta todo por recorrer en música. Ahora lo encuentro como guitarrista y cantante. Cuando interpretó el clásico La Casa Del Sol Naciente (tema del cual explicó que se trataba de un “spiritual” negro adaptado por la banda The Animals y trasladada al castellano por Humberto Monroy para los Speakers) vinieron a mí los recuerdos del Jorge Latorre profesor de primaria en un colegio campestre en Cota, un bonito pueblo a las afueras de Bogotá, sentado en la parte de adelante del pequeño bus escolar que nos llevaba por barrios del norte, de Unicentro a Cedritos, pasando por la 119, cantando esta misma canción, mientras los pequeños dormitaban o le veían atónitos.Y es que conocí a Jorge Latorre en avatares de la docencia, cuando coincidimos en el Colegio Duque de Winsor (de propiedad de su madre) mientras él era profesor de Literatura y enseñaba a los párvulos el poema de Gonzalo Arango, titulado El Tesoro y era yo el profesor de Inglés, gran reto en una institución bilingüe.Allí conformamos sendos equipos de micro-fútbol, y aun cuando he sido negado para ese deporte, me atrajo bautizar el onceno como Vampires, en tanto Latorre comandaba El Atlético Muisca.
Quiero contar, digamos aceptar, que las leyendas también hacen lo que todos alguna vez hemos hecho y pasado: trabajos, penurias, vicisitudes, amores fallidos, encantos y desilusión.
La rectora de ese colegio campestre hubo de ceder su máquina de coser hacia el año 61 o 62, para colaborar con una causa de aventajados profetas sin barba: la fundación de un grupo rocanrolero que llevaría el nombre de Los Dinámicos que ya incluía a Humberto Monroy y que luego se fusionaría con otro grupo para consolidar la ahora legendaria banda pionera del rock local y nacional Los Speakers.
Puesta la Singer en una casa de empeño, Humberto Monroy decidió vender su colección de cómics a las puertas de teatros del centro de la ciudad y que incluía títulos como Archie, Tarzán y Periquita.
Con esos fondos pidieron traer amplificadores directamente de Inglaterra, que ingresaron a lomo de mula por San Antonio del Táchira en la frontera con Venezuela. Al tiempo pidieron fabricar guitarras idénticas a las de los Beatles y por consejo del ebanista a cargo de la talla, se metieron a conseguir cerca de 30 pequeños imanes para elaborar los fonocaptores y que sólo pudieron hallar en los auriculares de los teléfonos públicos del barrio Chapinero.
Jorge Latorre originalmente fue el roadie de la banda Los Speakers; es pionero en un oficio no siempre agradecido que entre cosas consiste en afinar, cargar y acomodar los instrumentos en el escenario, antes de que salgan los músicos, y también ser un supervisor de que todo marche bien en materia de sonido y un estratega ingenioso que prevé y/o cubre cualquier imprevisto. Es un “todero”.
Quizá por ello Latorre, KCh como le conocen en el ámbito artístico, presentó un recital informal, pero impecable. Por ello tal vez, por su ánimo inquieto de “todero”, es como ha irrumpido como “stand up comediant” o lidera la banda Los Cheacles, además de ofrecer recitales didácticos o bandas especializadas como la que tuvo con el mismo Alfonso Pocho Chacón, de música del Brasil, llamada Berimbao.
viernes
LIBAR LO BUENO DE LA VIDA
Se han olvidado de uno como yo, los menos. Que fui de tertulia en tertulia, de recital y conferencia como en cercano carrusel y les conocí de nombre y a veces de lectura e incluso de amistad conclusa. Los escritores. Pero no es eso primordial. Es cierto que mi aspecto cambió de rockero resuelto a monje tibetano, pero mis palabras son las mismas. Los encuentro de vez en vez en algún lugar y aunque me alejé por conveniencia de sus lugares donde reunidos parecían posar para una fotografía inmortal, al hallarlos otra vez son gratas sus presencias, sus esencias, cada vez mas centrados en el oficio e incluso en la cordura que la tozuda convivencia marital o la invencible cotidianidad proponen.
De ese modo di una vez más con José Luis Garcés Gonzales, con Javier Huérfano, con Milcíades Arévalo, con Mery Yolanda Sánchez o con Francisco Amín y en cercanos días, con Jotamario Arbeláez. De renombre y buenas obras (aún en lo literario) y con años encima, virtudes públicas y privados vicios ejerciendo en lo íntimo, pero son ellos y están ahí. A veces, cree uno, sería mejor desaparecer, no para evadir los reparos de irremediables arrugas y kilos de adición, sino para evitar sus historias, sus súplicas conversas, el chismorreo de pares y de amigos. Sería mejor dar borrón y cuenta nueva. En eso me favorece el nuevo look que me hace casi imperceptible a los más desprevenidos y sorprendente a los medianamente agudos.
Me quitan años (eso parece cortesía) y me dan reclamos los que se sienten cómodos, porque casi he desaparecido, del mundillo literario que ahora está comandado por una tropa ambigua que posa de irreverente. Todo esto en parte me conecta una vez mas con la pregunta sempiterna de para qué es la poesía, para que pescar en un río tan revuelto, qué sentido tiene juntar palabras, como dijera John Lennon, desobligado en su mansión de mil acres; ¿para qué? Si antes ya pasaron Lowry, Kerouac, Trakl, Char y tantos otros favoritos.
Para qué preocuparse si hay tanto farsante de farándula y tanta niña boba que se cree a sí misma especial o si los púgiles son ahora ídolos de vidriera.
Asistí (he aquí el motivo de cierta inquietud que no llega al grado de molestia) a uno de esos coloquios de la fingida ciudad como capital del libro, acompañando a Pablo Estrada, quien no niega su simpatía por el más robusto y alto de los invitados a semejante convite. Ni siquiera un aviso de festín del intelecto.
Me tiene sin cuidado la alarmante, por cruda y atorrante, pose de Efraín Medina ante una grupo de estudiantes intrigados. Por el contrario me alcanza a emocionar su increíble popularidad. Las niñas (también bobas) lo rodean, le hacen fila, ponen atrás de sus caderas las manecitas ingenuas y el piecito delante dibuja círculos entretanto, para pedir autógrafos o saludarle. Es un héroe de jóvenes. Y en efecto parece uno de los siluetones altos y fornidos que aparecen en los capítulos de lo que - Medina confiesa - fueron sus primeras lecturas: “paquitos”, que en la costa atlántica colombiana es como llaman a los cómics.
Y asistí también de buen modo a una lectura pública del mencionado Pablo Estrada, al lado de un tambaleante (por ebrio y no por ausencia de tono) Larry Mejía, miembros de una cofradía que autoreferencian como “Negacionismo”, que antes tuve el privilegio de reseñar y que es una entidad autótrofa, con decisión y ganas de morir. El asunto es que eran, uno y otro encuentro, monedas diferentes de denominación contraria y aunque de un mismo país, sentía uno la distancia y brecha entre ellas. Valores distintos.
lunes
UNA ABUELA Y UN JAZZISTA QUE SE FUERON
Al escribirle a mi amigo Beto García, el pianista de jazz que antes mencionamos y celebramos desde aquí, le dije que posiblemente -ahora que también murió el gran pianista Oscar Peterson - mi abuela le saludara y le escuchara en un cuarto contiguo, en esa dimensión etérea a la que van poetas y músicos. In memoriam
También invito a leer una extensa crónica sobre algo que me sorprendió hace poco al encontrar una tarjeta de presentación olvidada entre un libro de poemas: de cuán duros son trabajos en la vida, a veces lo olvidamos, pero es posible que al final de la dura jornada, vengan recompensas.
CÓMO DUROS SON TRABAJOS EN LA VIDA
“quien puso en mi la vida
tiró una piedra al mar”
OSCAR PIEDRAHITA GONZÁLEZ
Casi había olvidado lo duros que son trabajos en la vida y cómo es que se pasan los días escasamente sobreviviendo a las tormentas y al irremediable caos, al destino inexpugnable, a las horas que son como mosquitos adheridos a la piel de los cadáveres o bullendo alrededor de una fruta del árbol derribado.
Casi había olvidado cómo se pasan trabajos en vida, cómo laborar cansa, cómo es que hay siempre alguien que debe hacer trabajos sucios y cómo es que casi siempre es a uno a quien le toca palear la soledad, las vicisitudes, las penas y las derrotas; los embates vienen cuando no se les espera (eso es absoluto) y cómo es que hay cornadas en la vida ¡yo no sé!
Vienen a mi memoria, por el hallazgo de una tarjetita impresa, olvidada entre las páginas de un libro de poesía, un mar de cosas, una cascada de impresiones, de probabilidades juntas, de asuntos pendientes y de situaciones que pudieron haber sido y que fueron, a pesar de la distancia, a pesar de los caminos que siempre se bifurcan, sin remedio.
Además de recordar al magnífico poeta colombiano Oscar Piedrahita publicado enbuenahora por la editorial de la Universidad Central (Bogotá, 1996) y quien fuera catedrático insigne de ésa no menos prestigiosa institución, recuerdo también mis años de beligerante hombre de blues, de rock pesado y poesía, un vagabundo rutilante de estación en estación perdido, un bárbaro pasivo que inoculaba con palabras las mentes de los coterráneos desde el escenario, un místico venido de un barrio del sur a las cantinas del centro.
En “Cantos del Torturado”, antología que reúne la obra del poeta de Caicedonia, Valle, están reunidos, entre otros, algunos de los más famosos versos de la poesía colombiana dedicados al padre (“Imagen del Padre Labriego”) y aunque el mismo autor reconoce que ése es un poema logrado y por el cual lo han reconocido en el país entero, no es su máximo “opúsculo poético” (como él mismo llamaría a los poemas) pues en su obra encuentra el lector más de una sorpresa literaria, porque él es un poeta de vanguardia.
Le conocí cuando fui su discípulo en la cátedra de Lingüística en la facultad de periodismo de la Universidad que mencioné, al tiempo que leía a Rimbaud, a Malcolm Lowry (el poeta y sobre todo el novelista) a Mallarmé, a los surrealistas y fue el maestro Piedrahita quien me instruyó en poetas como Leopardi y el asombroso Attila Jószef, un bárbaro lanzado a los rieles del tranvía, como yo mismo, aferrado al ruido, la emoción, la velocidad y el vatio en el metal pesado.
Piedrahita es un poeta moderno; amigo personal de Cote Lamus y de Gaitán Durán, de Martán Góngora y del terrible Arango quien lo acogió en las filas del nadaísmo, este poeta señaló para mi y para dolor de cabeza de mis allegados, la tortuosa ruta de la poesía: “esa casa en ninguna parte, ésa enfermedad desconocida”, parafraseando a Fernández Retamar.
En ése libro intacto, dedicado con su puño y letra, leído y releído tantas veces, he hallado una señal del absoluto pasado, que una vez fue presente, como un faro perdido entre las ruinas, aún encendido, plegando sus iridiscencias últimas, entre escombros de horas muertas.
Un negativo fotográfico de la empresa Kodak me recuerda que somos efímeros como un diente de león, esa especie de florecita del aire, de juguete caprichoso que se mece entre otras hierbas, esa espumita frágil, esa belleza intranquila que se deslíe con la brisa o con un bufido de doncella, y que es, como todos (como todo), deleznable.
Allí aparezco entre las ruinas por lantanio devastado; yo, una figura regordeta pero incólume, sibilino y sibarita, como una encarnación a medio camino entre Charles Mingus, Sid Barret y Terence Butler, rodeado o abrazado por amigos jazzistas, muchachos y muchachas del blues y un rockero con el cabello teñido de amarillo que fungía de sonidista en los conciertos que ofrecíamos de bar en bar, de festival en festival y que solía salir al escenario con su banda disfrazado de elefante rosado.
En otro fotograma en negativo, abrazado también, estoy con una muchacha bella que amé con la pasión de un loco. Digamos mas bien que aparezco allí aferrado a ella con la tenacidad de un mundo que estaba por desaparecer, que se habría de derrumbar – sin saberlo ninguno de nosotros, indefensos, a expensas del hórrido destino – y que finalmente se desplomó como un borracho herido en una callejuela, moribundo.
Entre las páginas del libro hallo también, como lo dije, la tarjetita. Se me antoja un tiquete sin usar, hacia el pasado. Una carcajada estentórea, una mueca siniestra, un ademán macabro, un pase hipnótico. No es nada que no pueda uno conciliar o atar fácilmente como los hilos de un botín, con dos medias vueltas y un bigote de ratón.
En el poemario leo: “Vivimos llenos/ de pequeñas muertes/ muertes elementales/ juegos a muerte/ de la vida./ Y pienso asertivo con el bardo valluno. Asiento, medito. Uno es un cascabel en la cola de la muerte, siempre estamos como serpenteando entre nosotros mismos, enrollándonos sobre nosotros mismos.
Le ponemos trampas a la vida cada vez que amanece. Triunfamos unas veces, casi siempre fracasamos, pero es terrible el día en que casi no aparecemos en los espejos y estamos disminuidos por el camino a cuenta gotas, bajo sol canicular.
Una banda de blues, sacada de una foto
Con la muchachada tocábamos en bares y en vericuetos de la gran ciudad; íbamos tras quimeras de prestigio, fingiendo ser rútilas estrellas del blues bogotano, arropados por “spots” de múltiples colores que enceguecieron nuestros pálidos rostros de mestizo, estábamos muy lejos del Mississippi y resultábamos en horribles cunetas del desagüe, abandonados sin dinero, en la carretera casi siempre, “a la vera del camino, rodeados de presencias, pero solos”, como en ése viejo blues.
Tratando de hacer una carrera musical, paramos en lugares de mala muerte, sin paga, como en una película de autor en la que los protagonistas son parias y fue así como llegamos a las puertas de dos lugares entre espantosos y cómicos, aparatosos y ruines. Frente a la entrada de la Biblioteca Nacional, en la calle 24 entre las carreras quinta y sexta, hay aún un local oscuro, como oscura debe ser la muerte y en el cual funcionaba un bar administrado en ese entonces (mitad de los noventa) por un hombre cano y calvo al mismo tiempo, cuyo nombre justamente aparece en la tarjeta personal en cuestión, éste tiquete quejumbroso encontrado entre las páginas de un libro refundido entre mis cosas.
El lugar olía a muerte. No a mortecino pero sí a una angustiante, triste muerte, de esas muertes que uno ve a veces rodando por ahí como aguijones, como guirnaldas circulares con púas, como estrellitas de hielo con agujas afiladas. De reojo, mientras tocaba allí, vi moverse el brazo de una siniestra figura pintada en la pared y ésa fue la misma sensación que los otros músicos percibieron de manera similar.
Corría entonces el rumor de que una mujer muy joven, quizá adolescente, había sido violada y posteriormente asesinada en el sótano de éste lugar y que de esa forma su atormentado espíritu parecía cobrar vida en el cuerpo dibujado de una bruja en la pared.
El lugar era pues de un tono tan sórdido como sórdido debió ser el crimen allí mismo perpetrado y sus administradores, acaso unos barqueros que cobraban unas monedas para cruzar el Aqueronte.
Casi de igual modo como llegamos a ese bar de medianoche, golpeamos a las puertas de un club privado de bailarinas desnudistas para ofrecer nuestros pausados pero calientes blues que acaso encendieran mejor el juego de caderas y expuestos senos de impúdicas muchachas bailarinas a sueldo. Era otro sórdido lugar. A puerta cerrada era un sitio de nudistas y voyeurs que pagaban por ver cintas pornográficas en la impunidad de las sombras y que sospecho pionero en ese tipo de servicios en una ciudad a veces pacata, a veces conformista, mas veces atrevida y libérrima.
Su fachada no disimulaba su encanto privado pues aún hoy día la tienda exhibe su gata curvilínea de cínica pero seductora expresión de desenfado y excitación, apoyada en un bastón delgado, enfundada en medias de malla y fumando un cigarro en una larga pitillera, al mejor estilo de la Dietrich, como quien dice, una matahari de la noche prohibida.
Pero es una gata. Como sea. Una caricatura, y causa simpatía que sea a este personaje a quien le corresponde dar la cara a una tienda de bajezas, monstruos y misterios de la sexualidad, vejación y transtorno de los amores, los odios y las pasiones y resulta sorprendente que exista toda clase de casi infinitos modos de amoralidad en pornografía explícita, que sonrojaría al más valiente.
El nombre del administrador de esta tienda de felaciones aparece pues en la tarjeta que he hallado de fortuito y que había dado por perdida, para mi propia salvedad y la de mis chakras esenciales, el segundo de ellos en particular. Pero nunca dio la cara, como sí lo hacía la gata. Parecía como si nunca podría saber de quien se trataba. ¿Qué rostro tendría un proxeneta del video? -me preguntaba- ¿cómo sus facciones habrían endurecido (o reblandecido) de ser voyeur de los voyeurs?, ¿cómo su alma se habría adelgazado de ver todos los días de la semana -en jornada continua- las interminables faenas de hombres y mujeres de genitales exacerbados por hormonas y artilugios?
Decliné el intento de tocar allí. No por la impudicia, no por la baja vibración de los elementales y mas bien por un sino ineludible, una protección benigna que tantas veces - sin explicación- ha confundido para bien mis pasos.
En el libro que sirvió de albergue al cartoncito impreso con el nombre de este personaje que antes hubiese adivinado (sin temor a equivocarme) como vulgar y desmedido, sigo leyendo, de la mano del poeta Oscar Piedrahita, cómo es que vivimos llenos de “clavos que nos desgarran/ para sanar de nuevo/ claudicaciones/ pústulas/ oscuras grietas/ que se nos abren de pronto/ ventanas/ de la ausencia absoluta.”
Este pequeño hallazgo me ha hecho pensar una vez mas en la vida, ésa “ventana de la ausencia absoluta” parafraseando al sabio vate, esa “pústula”, esa “grieta” que insondable nos conduce siempre hacia la muerte. ¿Qué hacemos entretanto? Tratar de vivir; ¿de sobrevivir acaso? Damos pasos de gigante hacia ese día, el inconfundible, el malsano, el terrible día de la muerte, el inquietante, el innombrable día. Pero no nos damos cuenta, no contamos nuestros pasos (tal vez luego los recojamos) y eso es ideal.
Nos damos cuenta que servimos para pequeñas cosas – algunos – como sorprendernos con la inútil belleza de los rastros y las pistas que acaso nos conducen al alumbramiento presentido de la poesía. Los mas, seguirán una ruta de insucesos por conseguir materias primas y ostentar riqueza. A ambos grupos se nos dan los días y el trabajo.
Pero ¿cuántos caminos, cuántos enigmas, cuantos cigarrillos habrá que recorrer, resolver, fumar hasta llegar por fin a la aventura merecida? ¿Cuánto oprobio habremos resistido antes de recibir la más grande pieza del mendrugo universal? ¿Cómo es que confabulan los astros, las esferas ineluctables o los misteriosos elementales para que todo se conjugue a favor nuestro?
Seguramente equivocado en mis presagios, en mis cábalas, en mis insidiosas premoniciones sobre el administrador del video show, he cruzado los listones de una red inevitable, los cabos sueltos de una ruta. El hombre cano y calvo al mismo tiempo resulta ser experto en John Lennon y en actualidad nacional y esto le valió obtener un cargo como periodista en una emisora universitaria.
Los tres hombres son una misma persona: bartender, proxeneta del porno y periodista cultural. Mi hallazgo lo confirma, pues sólo ahora reconozco su nombre reconocible, blanco fácil de señalamientos, figura pública en la radio.
El mismo nombre impreso en esa tarjeta de color violeta y fucsia los confunde a todos ellos, los implica a ambos, los recoge, los reúne, los hace permanecer juntos en una extraña forma asimétrica de muchas y diversas caras.
Simplemente es un hombre, como todos, inefable destino que se lleva a cuestas en este plano sin aparente redención. Como el diente de león en la pradera, deleznable. Y ahora que ése otro iracundo hombrecillo dejó vacante en la jefatura de prensa de la brillante orquesta de cobres y panderos y oboes y platillos, es nuestro personaje en situación el que llega a remplazarlo.
Qué trabajo nos da la vida. Cuesta mucho vivirla. Había olvidado cuanta vejación se puede tragar en la existencia. Es decir que a la dupla se suma un tercero: el proxeneta del ojo, la misma persona; una trinidad que sorprendería a quien le ha tocado fácil conseguir el pan para la panza y que acaso conmueva a quien ahora le ve inflado como un pan, dando informes a distancia.
Se pasa muy duro en la vida, se pasan mil trabajos ridículos y es posible que al final se consiga recompensa; para algunos, ser el blanco de señalamientos, para otros, la victoria merecida en un altar secreto, silencioso.
miércoles
Conscious Stream - Rob Martino, Chapman Stick
A manera de un goce póstumo, este rezumadero de sonidos novedosos...para la abuela Gilmita
sábado
UNA ABUELA INFILTRADA ENTRE POETAS
Ninguno de los y las asistentes al sepelio de mi abuela sabían que era ella conocida entre una parte de la farándula literaria local y aún entre rockeros de vieja data y hasta libreros. Narré un par de veces entre los deudos, el pasaje en que fuimos ella y yo al lanzamiento del libro del poeta nadaísta y entretanto guardaba para mi otros encuentros, otros momentos del chispeante humor y la inteligencia rápida para conectar anáforas, palabras y retruécanos.
Fue mi abuela quien patrocinó mis primeros libros de poesía (esas cajitas que actúan como tablas de salvación en ciertos momentos de la vida), libros que me alejaron para siempre de la incertidumbre de la nadería y la insondable levedad de los imbéciles, al decir de Levertov.
Neruda en edición de Oveja Negra y Vallejo en los talleres gráficos de San Victorino llegaron a mis anaqueles gracias a un patrocinio desinteresado, generoso y que sirvieron como disculpa, después que ella misma los leyera en parte, para contarme de cómo su esposo – mi abuelo Rafael Serrano, también músico y poeta – le escogía lecturas de su quizá breve pero inquietante biblioteca.
Leyeron juntos mis abuelos, como si fueran una clase de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sastre, lo poco no censurable de José María Vargas Vila y Julio Flórez, y aunque esos textos pasaban por el tamiz del buen lector y también censor, de oídas entendió mi abuela que allí reposaban escenas lésbicas, incestuosas o soliloquios en el cementerio.
Muchas veces fuimos juntos a la fonoteca de la Casa de Poesía Silva, para escuchar las voces grabadas de poetas como Roque Dalton, Roberto Fernández Retamar, o el reconocido Juan Manuel Roca, quien le preguntó a mi abuela en el año 88 si venía armada, haciendo uno de sus juegos de palabras y referencias literarias.
Distinguió a Germán Espinosa, a Harold Alvarado, a Mario Rivero y a coetáneos míos como Francisco Amín, Rafael Del Castillo, Carlos Alberto Troncoso, Javier Huérfano o Francisco José González y se tomó fotografías con José Luis Díaz Granados y su hijo Federico en las escalinatas que conducen al Museo de Arte Moderno, tomando vino y libando en Sebastián, una calaquita que no sé cómo era que se había colado en las vidas de la pretendida grupa de poetas jóvenes en ciernes, y es así que ellos veían en la abuela un motivo emocionante y la veneraban y la interpelaban como si fuera una más del grupo compuesto entre otros por Yesmer Uribe Vitobisch, Nelson León, Sandra Uribe, el brujo García y Fernando Denis, ahora al frente de una editorial independiente.
Cuando Federico Díaz Granados se fue a colaborar en el Magazín Dominical del periódico “El Espectador”, el estupor fue mayor. En los cafetines, en las calles del centro de la ciudad y en mi propia casa, casi no se hablaba de otra cosa. Durante meses, la cofradía que yo había convocado y que José Luis Díaz-Granados había bautizado desde su página literaria del periódico “El Tiempo” como “Generación del 98”, habíamos fraguado el modo de publicar una revista cultural que hiciera contrapeso al “Magazín” o que por lo menos refrescara el ámbito literario local y al mismo tiempo - veleidades deliciosamente irresponsables de la juventud - sustraer los objetos decimononos de los poetas venerados desde vitrinas inseguras en la Casa de Poesía, dinamitar el mausoleo de los Silva en el Cementerio Central (con cartuchos que Fernando Denis conseguiría en el mercado negro de Patio Bonito) o remplazar las losas de esas tumbas ilustres, con los nombres de quienes justamente en aquellos días visitarían en acto protocolario, ese sector de la necrópolis, en homenaje al autor del célebre “Nocturno”.
Fuera del grupo, fue mi abuela la única en conocer parte del plan “petricida” y aunque no supo los detalles y la magnitud del asunto, recuerdo que dijo su siempre lapidaria frase: “¡ay mijo, usté no se meta en eso!” De seguro mi abuela recordaría el día en que amable y sonriente, María Mercedes Carranza la saludó en la casa del poeta finisecular o cuando por primera vez caminamos por esa casa museo, leyendo una a una las plaquitas que acompañan las fotografías de Aurelio Arturo, Gonzalo Arango, Jorge Gaitán y Eduardo Cote, lanzando moneditas de veinte pesos a la pozeta del patio de atrás, bebiendo el pródigo canelazo que nos traía Dioselina desde el fondo de la casa, cuando Jairo era portero y cuando aún Raúl Gómez Jattin no venía del Sinú hacia el Hotel Regio en Bogotá, para quemarlo, ni tampoco estaba, por supuesto, su foto en la entrada, con el humeante “peche”.
Antes de iniciar la década del noventa, mi abuela, mi novia de entonces y yo, asistimos emocionados a una encuentro multitudinario de poesía, el primero de esa magnitud en el país, con cerca de mil asistentes devotos y silentes, reunidos alrededor de las voces de Jaime Jaramillo Escobar X-504, Juan Manuel Roca, Harold Alvarado Tenorio, Dario Jaramillo con la pata coja, Nicolás Suescún, Augusto Pinilla y ahora sí, como una voz magmática, el inusual monstruo del valle del Sinú, que únicamente solía hacerse daño a si mismo: el grande Raúl Gómez Jattin.
Luego del evento “La Poesía tiene la Palabra”, (un espaldarazo grato para mi y supongo que también para muchos más) la misma casa cultural convocó a la multitud (nadie sabía que los lectores de poesía éramos una multitud y que quienes intentaríamos cometer versos éramos una legión) para escoger por votación “el mejor verso de amor de la poesía colombiana” y entregó tarjetones a diestra y siniestra como en cualquier sufragio. Mi abuela, por supuesto, envió su voto por los versos que sentía más puros en el universo y los más amorosos de todo el planeta: los que su nieto escribía para la niña que “cerraba con alas de violeta el temor de los tristes acantilados de la tarde”, un nieto por cierto inédito, ingenuo como se debe ser en poesía, pero lector – para colmo - de “Piedra y Cielo” y de Góngora y Argote, Calderón de la Barca y Bécquer.
Estaba enamorado de la muchachita que vivía en la esquina de la Iglesia Cuadrangular, arriba de la estación de Gasolina, donde terminaba en el sur la avenida Boyacá por esos días, y era la hija de un gendarme asesinado cruelmente en el barrio Venecia, a mansalva y sin gondolier a la vista.
Aunque eran más crudas y mejores esas historias de barrio, cuando con mis amigos de la barriada tirábamos piedras en el delta del Tunjuelito o hacíamos interminables filas para comprar el cocinol y el viento nos quemaba la cara como si fuera una brasa, mi abuela y yo continuábamos conmovidos por el verso de Jorge Rojas que decía: “es un lunes o es un lunes disfrazado de domingo”.
Como sea, era maravilloso que un día se pudiera disfrazar de otro. Y un camuflado día de esos vi al viejo Rojas cruzar la avenida Jiménez a pie, lo cual fue emocionante en una era en la que los poetas no posaban de vedettes (pues eran peor que eso: dandies a mano fuerte), y tan sólo vestían de paño inglés; pero el bardo iba de campirano, casi de overol y parecía un carpintero comprando suministros en la zona industrial. A Eduardo Carranza lo llevó el hermano Edgar Abrahim al colegio San Bernardo De La Salle donde yo estudié y donde recitó el “Soneto a Teresa… en cuya frente el cielo empieza” o el “Soneto con una Salvedad” (“salvo mi corazón todo está bien”), para desconcierto de un millar de muchachos bien peinados que haríamos carrera en rock, en arte, en poesía o en delincuencia.
Yo escogí de lo primero. Nos reuníamos en la gruta mariana del colegio lasalllista, a leer poemas bobos que escribíamos una comisión de zoquetes de la palabra, bajo el permiso de la virgen del carmen que como era de piedra no escuchaba a los atorrantes y como era prudente y benigna, nos perdonaba…fuera lo que fuéramos. Allí llego a rodearnos de guijarros, uno de los más deslumbrantes poetas de la generación nacida en los setenta. Era Willmer Echeverri, un juglar en ruedas de patín que se prendía de los autobuses como una lagartija y que se parecía – por su rizado cabello de oro – al cantante Klauss Meine, de la banda alemana “Scorpions”. Lo traigo a colación porque es ahora – que vino a acompañarme en este tránsito, a su modo – donde más y mejor conoce uno a los amigos.
Echeverri no sólo conoció a mi abuela, bebió del preciado brandy que obsequiaron en la ahora para mi legendaria casa “Quiebracanto”, sino que gozó cierta complicidad y alcahuetería de la abuela y probó también un poco los regaños mínimos que una mujer consciente de lo que significa ser poeta en un país de oprobio, podía proveer.
En algún momento llegaron otras lecturas públicas de poemas, frecuentes apariciones en radio y televisión y una que otra publicación en revistas literarias, lo cual tenía siempre una dedicatoria implícita a mi cómplice de siempre. Estas fueron efímeras emociones compartidas siempre con la abuela; cosas que se comparten una sola vez en la vida y se hace con la plenitud de quien abraza el cielo de junto, con el mejor amigo.
En la derrota del amor, fue ella quien vino de ese cielo de al lado a contemplar la dureza de esos días, cuando lo sólido se había derretido y lo monumental se había vuelto deleznable. Llegaba muerto de luchar en la ventisca, con el alma tijereteada por “una mujer que no escuchaba” y aunque me dejaba oir una y otra vez los blues que escribí en otro lugar, bajo una noche iluminada, aborrecía que pasaran ahora tan rápido los días y que en efecto “los ruidos se devuelvan, dando giros hacia atrás”.
Con el tiempo la herida se había ocultado y los compañeros de la generación literaria se perdieron en el tiempo y en las rencillas; los poetas de Piedra se volvieron de Cielo y los de la generación desencantada regresaron al anonimato, pero fueron siempre las presencias que venían una y otra vez en los periódicos, en la radio o en la televisión, para gusto o disgusto de mi abuela quien les reconocía fácilmente– aún envejecidos – en las páginas de esos recorridos mediáticos y que finalmente eran el tema de largas reminiscencias de lo que he contado y de un sinnúmero de eventos más.
La abuela sabía, por ejemplo, la raíz de la torpe enemistad mía con el poeta Juan Manuel Roca. Era justa e imparcial. Todo se debía a un olvido en los créditos de agradecimiento a los presentes, al finalizar el evento de lanzamiento de un número importante de la Revista “Puesto de Combate”. Mi abuela subrayó siempre ese evento; una omisión torpe que el poeta tomó como ofensa personal, alevosa, arrogante y quizá retadora de mi parte, pero que simplemente fue un omisión momentánea por culpa de los spots aturdidores suspendidos en el techo del teatro. No obstante, el poeta nunca perdonó la impertinencia.
Sin embargo y también en lectura pública compartida con William Ospina y Federico Díaz-Granados, Juan Manuel Roca espetó el tema de los vampiros – metáfora considerada novedosa en la poesía colombiana por parte del lingüista, crítico literario y también poeta, Oscar Piedrahita González – diciendo que ya él mismo la había usado treinta años atrás, procurando borrar así el balbuceo de mi propuesta poética inicial: la figura del poema – vampiro.
Ospina salió en defensa del joven literato agredido y zanjó lo que se pudo haber convertido en una de las batallas campales que han hecho famoso a Juan Manuel, la Roca en el zapato para más de uno. Mi abuela le tomó entonces un aprecio inusual a Ospina y recientemente lo encontramos en Usaquén, intentando cruzar la carrera séptima, de brazo con dos abuelas y cargando un pastel de Nicolukas. Ella quiso saludarlo, pero era un momento singular y embarazoso, para todos.
Veníamos de alguna de sus consultas médicas en la sede del Hospital Militar de la 119. Nos escapábamos de vez en cuando a tomar un capuchino con croissant, después de alguna de esas interminables perlas del rosario de citas o simplemente dábamos una vuelta en el Ford 96 de mi papá, uno de los hijos más dedicados y abnegados que jamás alguien conociera.
En esos encuentros divagábamos entonces acerca no sólo de poetas, claro, sino también de rockeros conocidos como Fredy Morales, quien fuera guitarrista de planta de Shakira y de Cíclope y quien siempre le enviaba saludos o preguntaba por ella. Sabía de los “negacionistas”, de Pablo Estrada y Larry Mejía y le emocionó vernos juntos con el mundialmente reconocido periodista Guy Talesse, en una fotografía reciente en el Festival F-11 de la Revista “El Malpensante”.
Alcancé a leerle algunos apartes de la novela “Ursúa”, reciente publicación de William Ospina y hablamos de “La Nostalgia del Melómano”, la primera novela de Juan Carlos Garay que a mi juicio cumple a carta cabal con despertar el sentimiento que reza su poco inquietante título. Consecuente con la emoción de esa lectura, decidí volver a mis viejos acetatos y es así que re-encontré a Jimi Hendrix y a “Weather Report” recostados en poetas como Gonzalo Rojas, Aquiles Nazoa y León De Greiff, prensados en la “Casa de Las Américas” de Cuba. Nos pusimos con la abuela una mañana no muy lejana de este año, a escucharlos completos, ininterrumpidamente, y eso le trajo memorias frescas (a pesar de décadas allí reflejadas) de nuestras deliciosas incursiones a la fonoteca de la Casa Silva que en los noventa custodiaba Margarita Contreras.
La abuela era muy buena en cuestiones de memoria. Era como un fonógrafo dulce hecho abuelita a quien había que darle poquita cuerda para escucharle: la cuerda de un atisbo, un olor, una pregunta. Venían entonces por oleadas los recuerdos orales de los años treinta o cuarenta, como cuando mataron a Gaitán y esa voz corríó por todo el pueblo de ella, como un escalofrío.
Recordaba sus años y sus días de infancia con una sorprendente lucidez y los paisajes en el campo de tabaco en Zapatoca, en Santander del Sur, eran tan vívidos, que acaso uno lograba percibir el olor de los capotes de la planta seca que después fumáramos en reuniones navideñas o que yo repartía como un objeto exótico entre amigos.
Los ancestros de mi abuela fueron como ella, cultores de tabaco en plantaciones del sur de Santander, y su madre Filomena parecía que era un hada musicante entre musgos y sueños atrapados en la plantación. No hablaba mucho de su padre, un hombre magro y mucho mayor que su esposa a quien temían en las noches de retorno a la casita de campo. Rezaban todas las noches ella y sus muchos hermanos y en alguna de esas sesiones se escucho la batahola de la muerte que rodaba en fuego verde por entre los campos plantados del de la gigantesca hoja de donde saldrían “chicotes”. Narraba mi abuela en las noches bogotanas de los apagones, esa historia tétrica de cien esqueletos rodantes que se veían venir a los lejos y que en dos segundos pasaban juntos hechos una sola borla por el portal de la casa campirana, arrasando con todos los que a esa hora transitaran “el caminito rial” que llevaba a las parcelas de plantíos. La leyenda de la luz de guatiguará fue el espectro refrescante que acompañó mis noches de petrificado amor por espantos, vampiros, lobos y murciélagos que han poblado desde entonces mis acequias y mis ruinas de pasado estelar.
O cuando estropeó quizá su único juguete de la infancia: una muñeca de caucho de tan tierna pero provocativa estampa, que ella –ignorando el perjuicio que esto haría a sus pocos días de juegos y escarceos infantiles – la mordisqueó copiosamente dañando así la lozanía de unas mejillas rozadas logradas por algún juguetero dedicado.
Aunque adoraba a los animales, de niña jugaba ingenuamente con polluelos que terminaban ahogados por asfixia provocada, pero también trepada en un árbol halló alguna vez a una serpiente y fue de allí que provino su resuelto miedo a ellas, una fobia tan monumental que incluso temía verlas en televisión o cuando un bromista le llevó una costosa réplica a su lugar de trabajo y que ella destrozó por reacción e impulso natural, al tratar de quitársela de encima.
Comía guanábanas y el rastro de la fruta en el camino o en su ropa, delataba sus andanzas cuando la había enviado su madre a otro menester de campo o pueblo; ella insistía en que las frutas la llamaban y que las encontraba abiertas y olorosas, sumamente maduras. La abuela venía de otro tiempo, de eso no hay duda, pero uno podía verla actual y de vanguardia, tanto así que le celebraron y conocieron entre artistas, cosa rara en este tiempo enrarecido por espectros verdaderos y serpientes delicadas.
En el servicio de la Iglesia prendieron luces navideñas y el sacerdote pensó que no era lo adecuado y lo dijo en público, pensando en el solemne rito para una mujer religiosa y de sobra espiritual, desprendida del inútil lastre de la vida o de la pesada carga de las cosas y de los objetos del mundo. Iba de viaje; ella iba de pasajera, pero su equipaje nunca exedía lo que pesa la sonrisa, lo que abarcan los abrazos, lo que ocupa una oración o lo que consume una velita. Por eso se fue leve – como en vida – hacia el otro plano elevado de conciencia, aunque no supiera de mantras o de meditación a la manera de los lamas. Eran suficientes oraciones que colgaba en la ventana o debajo de la ducha, para cuando volvíamos todos de la dura afrenta de los días… nosotros, que a veces nos hacemos tan pesados y tan vulnerables.
Se despidió de todo y de todos, con la sonrisa de un ángel en pantuflas y aunque refunfuñaron los extraños que vinieron de visita desde lejos por que yo no estaba justamente a su lado en el minuto exacto de su deceso, que sepan ahora que la celebré en vida, que bailamos vals y rock n’ roll en navidades pasadas, que leímos poesía sin cansarnos, que fue mi ángel protector de madrugada o en las noches de terror que ya se han ido o que fue mi radioescucha favorita (en un momento que pensé que nadie más me escuchaba) y que ya nos habíamos despedido la noche anterior con uno de esos guiños inenarrables que sólo suelen darse en la tarima, tañendo cuerdas o soplando cobres, los músicos, en un secreto idioma que sólo hablan pájaros y otros seres alados. Y es que ella siempre será parte de la orquestación con alas que hay que hacerle a la existencia, para llevar cada vez menos cajitas amarradas con cordeles y cabuyas y ser cada vez un poco más cercanos a lo leve.
Que sepan que éramos uno solo. Que jugamos siempre a hallar la ruta del tesoro. Que fuimos siempre religiosos viendo el ojo de un pez o escuchando el silbido de las aves de mañana. Que creíamos en estrellas y en galaxias duraderas, en el amor y en la existencia como tránsitos, en las invenciones y en la fe de lo que nunca vimos. Que creímos en fábulas y en lugares imposibles, que veíamos experiencia en la piedra del camino y que nos colamos por justos en la inocencia y que por ello nos infiltramos juntos entre poetas.
