miércoles

TODO BLUES ES PASAJERO (Tercera entrega)

Auténticos Bluesmen merodeando en el barrio de Las Aguas en Bogotá
No por casualidad tenía una guitarra eléctrica en mi lugar de trabajo: ese cafecito en el cual sonaban de forma exclusiva las “notas de paso” de contrabajistas como Jimmy Garrison o Charles Mingus o los “riffs” lujuriosos de Buddy Guy o Albert King.
Le presté, ex profeso, la guitarra eléctrica de mi amigo y compadre Orlando Parra, miembro fundador de la legendaria big band de la que hablaremos mas adelante y entonces André, en efecto, demostró porque era un auténtico “hombre de blues”.
Escasamente pasaba los 35 años de edad y tenía una voz privilegiada, buena técnica en la digitación del instrumento, magnífica imaginación y tocaba muy bien la armónica, “el saxofón de los pobres” como él mismo me enseñó a nombrar ése adminículo sonoro.
Me contó sobre su larga escena en el tablado de ilícitos y no era breve tampoco su parlamento. Su historia estaba resumida en el mismo nombre de la banda: “Two Way Stretch”. ¿Sabes que significa eso? –me preguntó y yo asentí – “Sí, ‘Dos Caminos Estrechos’, ‘Dos vías que se juntan’, pero también quiere decir ‘Doble Condena’ que es precisamente lo que pesa sobre mi porque me buscan tanto en territorio inglés como en colombiano”. Hizo una pausa ligera y agregó tomando su cabeza entre los brazos acodados en la barra: “That’s the story of my life” y volvió a su silla donde le esperaba un vaso de cerveza y una muchacha muy bella.
André rompió una cuerda de esa guitarra ajena. Debí reponerla ipso facto para cubrir el pequeño delito, pero todo fue inútil, pues su dueño original se dio cuenta al simple contacto visual con su querida Jackson clásica.
Luego llegó a ése mismo local otra semi leyenda urbana: Philliph. Un buen armonicista proveniente de Chicago quien aseguraba haber sido manager de Sonny Terry y Brownie McGhee quienes juntos, como sabemos, fueron la leyenda viviente mas singular de la época dorada del llamado “Country Blues” de los años veinte y que sobrevivieron a las modas del Heavy Metal, el Hard Rock y aún en los noventa, de la parafernalia del Hard Core neoyorquino.
Philliph dominaba el “soul’s teethbrush” (‘el cepillo de dientes del alma’) con la misma destreza de sus maestros inmediatos; varios años menor de 40 años, su cabeza se había despoblado de cabello y aunque era blanco y de estatura media, sonaba negro por donde se le pusiera atención.
Tocamos algunos “standards” bluseros. Me daba cordenadas en un inglés callejero o en un spanglish arrastrado: “esto es un i flat, luego la progresión is la misma, the same riff, yu nou...nau este es si, ef, yi and si... eguen, como la toca yan li juka”.
Nos entendimos de maravilla y terminé invitándolo a tocar una jam session de blues el viernes siguiente. Le explique que no podía pagarle mucho pues el negocio apenas estaba comenzando. Él accedió sin reparos porque le interesaba mucho lo de tocar en la ciudad, pues ése justamente era su cometido: darle vuelta a América con la armónica.
Corrimos la voz entre amigos, conocidos y clientes de “El Gato Eléctrico” y a pesar de que la convocatoria fue buena y se presentaron entre otros, Giovanni Reyes, el guitarrista de la muy reconocida banda Blue Derek y el sorprendente bajista de jazz, Ricardo Barrera, conocido como “Tacha”, el armonicista norteamericano nunca llegó. De hecho, nunca mas volví a tener noticias suyas.
One night at Electric Cat: the elemental sessions
En “El gato Eléctrico” se llego a reunir la crema y nata de una auténtica sociedad ‘blusera y jazzera’ bogotana. Como invitábamos al incipiente público a través de afiches y volantes y de vez en cuando la prensa y la radio nos ponían cuidado, teníamos suficiente convocatoria para una selecta grupa de seguidores de los géneros que programábamos allí desde discos compactos originales y uno que otro acetato de sellos conocidos como Alligator, Chess o Virgin.
Habíamos decorado el lugar con reproducciones a color de carátulas del sello Blue Note en las cuales figuraban el organista Jimmy Smith, el guitarrista Grant Green o el saxofonista Dexter Gordon y dibujamos un gigantesco mural en el que aparecía un tinglado multicolor que alcanzaba a representar dos o tres octavas de un figurado piano de jazz o de blues.
El pequeño local olía muy bien pues el café siempre estaba fresco y su aroma salía hasta el pasillo de ese mezanine de la calle 19 con cuarta y aromatizábamos el baño con lavanda, barríamos y aspirábamos la alfombra al menos una vez al día (cuando no dos o tres) y encendíamos canela en palitos de incienso de la india o con sagrada esencia de sándalo llenábamos un mechero que se animaba con velitas de colores, destinado todo a convocar a las buenas energías.
Ofrecíamos pan fresco de uvas, hojaldre y queso y la variedad de bebidas calientes o frías nos parecía ingeniosa y atractiva tanto por sus sabores como por sus nombres: un café caliente con helado era un “Holiday”, uno con hielo, azúcar y brandy era un “Ascension” y el cocktail favorito de la casa era una mezcla de tequila, cerveza y tabasco que llamamos “Tijuana Mingus”.
Allí se dieron cita las gentes de la radio cultural y los músicos de blues y jazz y por supuesto, el público que quería verlos, oirlos y hasta conocerlos para charlar un rato. Juan Pablo Restrepo y Jenny Cifuentes de la 99.1 (hoy Radiónica) estuvieron allí y también Juan Carlos Garay, Diego Luis Martínez y los hermanos Andrés y Camilo Garibello de Javeriana Estéreo (estos últimos hoy día vinculados con la Casa Editorial El Tiempo).
Quizá el mas interesante de todos ellos fue también el más asiduo. Volvía de comprar 10 ó 12 discos compactos en la “Musiteca” (la famosa tienda de discos de Saúl en la calle 19 con octava, en el segundo piso del centro comercial “Omni 19” y que Garay menciona en su novela “La Nostalgia del Melómano” ‘Alfaguara, 2005’)
El personaje tendría unos 40 años de edad; era alto, recio, asertivo y locuaz, pero tímido con las mujeres. Su voz era levemente nasal y ‘aguardientosa’ y era un consumado melómano que un día contó con 5.000 discos compactos de música de jazz, sin hacer inventario de sus acetatos, ni tampoco de la colección que comenzó cuando era adolescente: la increíble colección de muisca afrocubana.
A los once años de edad vio en concierto a Sun Ra, el máximo exponente del free jazz norteamericano de final de los años cincuenta quien decía provenir del espacio exterior y que no tocaba jazz sino que sólo enviaba señales a sus congéneres de otros planetas y por esa razón solía tocar en las terrazas de algunos edificios. Y por supuesto esa música le conmovió y le cambió el resto de su existencia a nuestro hombre de radio en cuestión.
Decía con modestia ser descendiente del “sabio Viñas” (¡y era cierto!) y un martes se sentó a la barra de “El Gato Eléctrico” con una coca-cola, para que le dejara escuchar una improvisada selección de sus propios discos, y entonces sucedió lo que nunca sucedía con la parafernalia de carteles y volantes que salíamos a pegar con engrudo cada fin de semana -de infractores- en las paredes de La Candelaria.
“Moncho” Viñas y su increíble magnetismo
Luis Ramón Viñas atraía, con su sola presencia, a un número impensable de clientes potenciales que llenaban el local en breves instantes, en días y horas difíciles para estos locales: lunes, martes o miércoles antes de las cinco de la tarde.
Se sentaba, como anoté, frente a la barra del bar, en una de las tres altas butacas allí dispuestas y esgrimía historias, citas, nombres de autores, sellos disqueros y discos compactos que a su vez comenzábamos a escuchar solos y que en breve terminábamos disfrutando rodeados por una gran audiencia que preguntaba interesada sobre esas y otras novedades.
“Moncho”, como era conocido en la Radio Nacional, era un buen amigo, un jefe estricto y un mejor hombre de radio que respiraba música por su humanidad completa. Recio y arrogante quizá, pero entendido en materia de revistas de jazz (era subscriptor de la Down Beat y otras revistas especializadas), y discografía no sólo en el género del jazz sino también en música tradicional de cuerda colombiana y, especialmente, en ritmos afro cubanos.
Tenía la discoteca más extensa en estos temas (5.000 ejemplares de jazz en disco compacto, por ejemplo, sin contar sus acetatos y el resto de su colección). Por ello, y por su extenso conocimiento, era realizador radial del 99.1 fm y estaba al frente de programas como “Los Magos del Swing” (la cátedra máxima de jazz en radio durante los noventa) y “Hojas de Jazz”, programa dedicado a las producciones discográficas recientes, al jazz moderno y al jazz contemporáneo.
Después de casi dos años de haberle escuchado sus libretos exquisitos mientras renegaba de el ejercicio de “locutar”, le ofrecí mi colaboración desinteresada para ese oficio que a él no le atraía tanto. Mi banda y yo estábamos rodando un video clip en formato de 35 milímetros que serviría como cabezote de presentación para el programa que la emisora tenía en televisión, por la Señal Colombia.
El set de grabación era en el primer piso del entonces conocido Instituto Nacional de Radio y Televisión –INRAVISIÓN (hoy RTVC) y “Moncho”, que pasaba por allí aunque los estudios de radio estában en pisos superiores, me vio sentado cerca de la máquina dispensadora de gaseosas y me dijo desde lejos: “usted nunca vino a la prueba de locución ¿no? Venga el lunes por la noche.
Aunque yo sabía que “Hojas de Jazz” se emitía en vivo y en directo, nunca pensé que mi prueba iba a ser “al aire”. De ese modo entré a la Radiodifusora Nacional. No había ninguna puerta abierta para colarse en el descuido del guardia. “Hice cola” e hice méritos para llegar allí.
Por vía de los muy claros conocimientos musicales de Viñas, aprendí cosas nuevas y confirmé un amor viejo, juicioso, resuelto y concentrado, por la radio y por el jazz. Respecto a una vieja leyenda sobre el hipotético encuentro entre el trompetista de jazz, Miles Davis y el guitarrista de rock, Jimi Hendrix, para grabar juntos, “Moncho” Viñas tenía la pieza clave que desentrañaba el acertijo: uno de los acetatos prueba de tan solo mil ejemplares “piratas” que se editaron con el registro de esa fortuita entrevista musical en la habitación del hotel parisino en la cual se hospedaba el trompetista.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Como también fuí músico de blues y amante de la radio, este texto me parece mas que testimonial, una instanténea histórica que no deberíamos dejar pasar desapercibido. Rodolfo Morantes