domingo

El taxista de Mario Rivero

Por casualidad (aunque quizá no) di con el taxista que paseaba al poeta Mario Rivero por el barrio Santafé en Bogotá, el vecindario de putas y trompetas, proxenetas, puñeteros y familias bien, todos venidos a menos. Salía yo de un concierto de jazz en la Universidad de los Andes a las 8:00 de la noche un viernes, cuando ya el humo de marihuana y el tufillo de los bares se hace casi imposible de soportar en esos otros barrios que antes fueron también de putas y de trompetas (Las Aguas y La Candelaria)pero que siguen teniendo expendios de marihuana y a donde llegan 'zorras' contratadas de otros sectores de esta ciudad inmisericorde, para servir un rato y en dólares a los jóvenes soldados que viven allí, procedentes de Israel o de Turquía. Un ambiente propicio para un poeta de la vida y de la calle como era Rivero. A Mario Rivero le vi decenas de veces descender por la empinada y delgadita calle once mientras los cerros se envolvían de esa bruma mágica de la mañana fría de la sabana y en su primera aparición ante mis ojos, cuando aún no había su cabellera encanecido del todo, me pareció un ser mágico y peligroso a la vez. Sabía que había sido un personaje del circo, un malevo que cantaba tango y aunque no era cierto que se maquillara las ojeras (para pronunciarlas) a Fernando Denis esa posibilidad le causaba una gracia inenarrable y una risa contagiosa. Se le veía siempre a este autor de "Los Poemas del Invierno" vistiendo de negro riguroso, pobre como un ratón de iglesia, bajando en sandalias las calles del barrio La Candelaria, haciendo de incógnito en unas callejuelas que le ignoraron casi siempre pues la ignorancia de los lugareños no les permitía conocerle, saber de sus andanzas, haber leído al menos un par de sus poemas. Eso me dijeron sus vecinos cercanos, los de las arepas con queso que vivían al lado de su desvencijada casa en la carrera segunda, diagonal a la entrada de la Universidad de La Salle. El taxista se asombraba del profuso olor a marihuana que se extendía a lo largo de la tercera, saliendo de la Calle del Embudo, bajando El Chorro de Quevedo, más adelante de la Calle de las Mandolinas. Y me lo comentaba: -¡Qué barbaridad estos muchachos de hoy! Entonces comencé yo con mi arenga de santón redomado, para aludir a mi viejo maestro Oscar Piedrahita de quien tantas enseñanzas justamente había recibido, de cómo él había probado todas las drogas - siendo un jovencito - pero de cómo también le habían gustado tanto que por ello había decidido no volver a probarlas jamás. - Es que en el mundo de los artistas se ven muchos excesos - le dije al viejo en el volante mientras bajábamos por la calle 26 hacia occidente. - Ah, sí, sí señor, éso es muy cierto" - me confirmaba - porque es que ellos llevan una vida...mmm...¿cómo se llama? - ¿Licenciosa? - le digo. - Mmmm...no, no, no...¿cómo se dice? aaah...de bohemia, sí. Yo guardo silencio. Nunca me ha gustado ésa palabra. La correcta me parece es justo ésa: licenciosa. - Imagínese que yo conocí al poeta Mario Rivero...yo le hacía unas carreritas cortas ahí mismo en el barrio o por muy lejos, íbamos desde La Candelaria a Teusaquillo. Con un pequeño silencio de cómplice, el asunto me emociona y me invade la curiosidad. ¿Cómo será y qué dirán los personajes que ven de lejos a sus poetas sin saber de sus vicios privados y sus conductas públicas? - Aaaah...la dulce compañera...decía el maestro cuando olía la marihuana en las callejuelas del barrio, como ahorita. Una dulce compañera que no traiciona... - empieza a decirme el taxista mirando a un lado de la calle 26, perdiendo por unos segundos largos el control de lo que dice y hacia donde guía el diminuto auto. Divaga también como un poeta. Se me antoja que le hicieron mucho daño esos ratos con el bardo obeso de gigante humanidad y taciturno aire. - Esta calle, mi calle/ se parece a todas las calles del mundo/ uno no se explica por qué/ suceden tantas cosas en un minuto/ en una hora, en doce horas/ desde que el sol preña la Tierra. /Tiene puertas como bocas sin dientes/ las mujeres se asoman a las ventanas/ y miran tan lejanamente.../ - ¡Eso es de Mario Rivero! - Del maestro Rivero, sí señor. Imagínese que él se subía en este carro, aquí al lado mío y yo le corría la silla hacia atrás, para que fuera más cómodo... - ¿Casi no cabía? - ¡Qué iba a caber ése gigante! Y me apagaba el radio. - ¿Qué decía, qué le contaba? - Uuuh...no me acuerdo ya de tantas cosas...mmm...de la injusticia, de los gobiernos. Si ellos supieran, si ellos supieran...cuanta injusticia se evitaría, pero no conocen, ellos no conocen nada. En eso suena la canción "Thriller" de Michael Jackson. Yo quiero también apagar el radio. Voy atrás y no puedo; no me atrevo. - Imagínate que el Maestro me regalaba cuanto libro suyo tenía a la mano, cositas... unos libritos blancos pequeños y siempre me los firmaba con dedicatoria. Y un día fui a buscarlos y mi esposa los había botado todos. ¡Casi me privo! (El taxista había pasado ya a tutearme, como si fuéramos dos viejos amigos. Yo lo sigo) - ¿Y...a dónde lo llevabas? - Iba mucho a la Casa del Teatro o simplemente avanzaba unas cuadras ahí mismo en el barrio...eran carreras pequeñas y por eso no alcanzábamos a hablar tanto. - ¿Te regaló la revista 'Golpe de Dados'? - Sí de pronto sí...porque eran como facsímiles delgaditos, cosas que él publicaba...del Banco de la República y perdí todo eso. Le cuento entonces que el poeta heredó la Revista que era una leyenda, a un poeta joven; le doy detalles aunque estoy a punto de bajarme en la tierra sagrada de los muiscas, donde vivo ahora y le confío que también yo viví en La Candelaria, que fui vecino de Rivero y que en una temporada estuve de editor de otra revista famosa (una vez evocando la marihuana y otros vicios, pero no la poesía) Él asiente y mira el taxímetro digital. Le cuento que la revista que dirigía Rivero desapareció a manos de los vilipendiadores del verso y que buena parte de eso se le debe a un hijo de familia que también prometió destruir la casa de los poetas. Y lo logró. - ¿O sea que ése muchacho se torció? - jajajaja...sí, sí señor - le respondo sonriente pues veo que tiene gran habilidad mental al conectar asuntos. - ¡Qué pesar! igual como todo en este país. Nos despedimos de mano, nos deseamos suerte. El autito amarillo dobla a la izquierda en la curva redonda que bordea el edificio. Apenas son las 8:40 y empieza a llover otra vez. No huele a marihuana. BALANCE Es terrible no encontrar a dónde ir. De las casas unas están destruidas, sin lecho, a oscuras y con telas de araña, con lepras en los muros y con espectros tristes. Otras se alzan tan falsas como un decorado. Del palacio o la casa. encantada, la tapicería vemos gastada, anticuada, no hay belleza en aquél lugar, no hay misterio, y continuamos nuestro aislado camino, en el jardín gotea el surtidor del cansancio. Hay posadas que ya no se abren más, por nosotros, con las que hemos perdido el contacto, cuando exentos de excusa, buscamos, titubeantes como un extranjero, o aún como mendigos, lejanos, extraños. Es terrible no saber a dónde ir, al final del día muerto, a la hora en que a veces se bebe o se mata. Encontrar que no hay sendero, no hay camino, no hay puerta, donde llamar, en la fatua sonrisa del /triunfo, o en el pobre final, consumida la Casa del Alma!

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